martes, 24 de julio de 2012

La noche mil dos y las siguientes - Daniel Frini



En una hipotética escala de promiscuidad: ¿Quién tendría un puntaje más alto? ¿Blancanieves y su historia con los siete enanos o Alí Babá y la suya con los cuarenta ladrones?

Preguntas y Proverbios Intrascendentes
Babá-Abdalah, siglo XVI

Antecedentes

Y tras terminar, en las postrimerías de la noche unmilésima, la historia del príncipe Jazmín y de la princesa Almendra, Schehrazade añadió:
—Y ésta es ¡oh rey afortunado! la tierna historia de Jazmín y Almendra; y la he contado tal como llegó a mí ¡Pero Alah es más sabio y magnánimo!—, y dicho esto, calló.
Entonces, el rey Schahriar exclamó:
―¡Oh Schehrazade! ¡Cuán espléndida ha sido esta historia! ¡Qué admirable fue! En las mil noches que pasaron y en ésta que termina, me has instruido ¡oh docta y discreta princesa! y me has hecho ver los acontecimientos que les sucedieron a otros hijos del Altísimo, y considerar atentamente las palabras de los reyes y de los pueblos pasados y las cosas maravillosas y dignas de reflexión que les ocurrieron. Y he aquí que, en verdad, me encuentro con mi alma profundamente cambiada, alegre y embebida del gozo de vivir. Así, pues, ¡oh, bendita hija de mi visir! ¡La gloria sea con el que te ha concedido tantos dones selectos, ha perfumado tu boca, ha puesto la elocuencia en tu lengua y la inteligencia detrás de tu frente!
Y agregó, con una sonrisa infantil en su rostro:
― Cuéntame otra.
Schehrazade abrió bien grandes sus ojos y tembló.
—Pe…pero… ―balbuceó —. Creí que… Usted dijo… Yo pensé…
―¡Oh dulce hija de Aquel que todo lo conoce! ¡Compláceme con otro de tus estupendos relatos!
—Han pasado mil y una noches, mi señor, y yo…
―Dale, sé buena, dale. Contame otra.
—No debería ser así… Yo …
―¡Otra, otra, otra! —cantó el sultán, batiendo palmas como si fuese un niño.
—Pero, mi rey, es que…
―¡Otra historia o te mando decapitar! ―grito, ahora furioso.
Y fue así que la princesa Schehrazade se resignó a complacer a su rey.
Había leído los libros, los anales y las leyendas de los gobernantes de edades remotas y las historias de los pueblos pasados. Poseía innumerables crónicas sobre ellos y sus poetas; pero en su penar de las mil y una noches anteriores habíasele acabado todo su saber sobre los pueblos de los muslemini, devotos de Alah, el Altísimo y el Omnipotente (¡Todo el poder y la fuerza estén en Él!) y no conocía otras historias entre los habitantes de los reinos desde el Egipto a la India y el Sipán, para relatar al Gran Sultán Schahriar.
Sin embargo, en un momento de iluminación al que consideró como una gracia de Alah (¡Nadie conoce lo desconocido, más que el Altísimo!), recordó las fantásticas historias que le refiriera el esclavo Alaric von  Budziszyn, cuyos cabellos remedaban al sol y cuya piel, clara y transparente sonrojaba los rostros aceitunados de las hijas del Altísimo (¡Que Su seno nos cobije a todos!), nacido en el país de los rumán; y que su padre, el Gran Visir, trajera de la guerra cuando ella salía apenas de su niñez. Se repitió a sí misma las palabras del poeta
«¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida»
Y comenzó a referir una de aquellas historias:
―He llegado a saber ¡oh rey afortunado! por la voz del esclavo Alaric, el hermoso (¡Extraños son los caminos de Alah que manifestó toda su gracia en un enemigo de sus hijos!) que había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus …
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil dos

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric , el de los cabellos como el oro (¡Sus ojos fueron sables de color de gemas; y, bajo sus párpados, tuvieron miradas llenas de magia!) que había ¡oh rey! en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus olvidado por Alah (¡El único y verdadero Soberano del Cielo!), una niña cuyo padre había enviudado y casado nuevamente con una mujer ambiciosa (¡Curiosas costumbres las de los hombres infieles que, cobardemente, cohabitan con una sola mujer a la vez!). La madrastra maltrataba a esta niña y la obligaba a hacer las tareas más humillantes.
La niña creció hasta su juventud y hubo un día entre los días en que el rey invitó a sus súbditos más amados a un baile en el palacio, y a la familia de la joven entre ellos. Pero la madrastra le ordenó quedarse en la casa haciendo limpiezas. Ella, desconsolada por semejante afrenta, invocó la ayuda de su gení madrina, que usando artes de hechicería la vistió con telas lujosas, entretejidas con oro de Grecia; la peinó con perfumes, maquilló con cremas y ungió con aceites. Hizo de una gran hortaliza un estupendo carruaje y de inmundos ratones imponentes corceles y pajes, con los que la joven asistiría al baile. Sin embargo, la gení advirtió: «Debido a lo exiguo del estipendio acordado, a la medianoche, hora local, deberás marcharte porque todo encantamiento expirará, y volverás a tus vestidos raídos, tus crenchas desgreñadas y tu habitual olor a desagüe de aguas servidas».
Tan hermosa estaba la joven, que sólo este hecho le permitió sortear la guardia del palacio, por que no figuraba en la lista de invitados. Una vez en la fiesta, la noche avanzó y se hicieron las diez, las once, llegaron las doce, luego la una, las dos y fue aún más tarde. A las seis de la mañana, la pareja real y todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos —apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso―; el príncipe estaba sentado en el trono, una pierna colgando del apoyabrazos, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada alrededor de su cabeza, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del baile: llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.
Cenicienta, que así llamaba a la joven, seguía bailando descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y la gení madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, hora local, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.
El Gran Sultán levantó ambas manos como para aplaudir, pero detuvo el gesto con indecisión. Abrió y cerró su boca dos veces antes de decir:
—No entendí.
—¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido! La historia que os conté trata acerca de…
―¿Conciencia social? ¿sindicatos? ¿qué es eso?
—Bueno, en realidad…
―¡Palabras, palabras! —dijo el sultán, sospechando un mal ejemplo para sus gobernados en el relato escuchado. Y agregó:
―Otra.
—¿Otra que?
—Otra historia.
―¡¿Otra?!
―¡Si!
Schehrazade miró al cielo con una plegaria muda en los labios, y recordó la voz del poeta que cantó:
«¡Oh tu, que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?»
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, (¡cuyo torso trabajado era, a la vista de esta humilde servidora, un regalo de Alah, el Eterno) y que mi padre el Gran Visir sometiera en la guerra contra el infiel, que en un país bárbaro érase que se era …
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y discretamente interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil tres

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Loores y gloria al Dueño de lo Visible y de lo Invisible, al Único Viviente y al capaz de crear semejante criatura!) que ¡oh rey! érase que se era un pobre molinero quien tenía una hija muy bella. Bueno, ya os imagináis ¡Oh, califa generoso y bienhechor!, un padre al que le gustaba darse importancia ante sus superiores sin medir las consecuencias y que proclamó una sentencia que llegó a oídos del rey de la comarca: «¡Alah es grande y mi hija es capaz de convertir humilde paja en un finísimo hilo de oro!», este rey, codicioso, mandó a que la hija se presente ante él, la tomó prisionera y la encerró en una habitación repleta de paja y le dijo «Si hilás toda esta paja y la convertís en oro te hago mi esposa. Si no, te mato», la joven quedó sola y lloró a mares la desdicha de su destino (¡Solo Alah, el grande conoce el porvenir de sus siervos!); entonces apareció de la nada un enano malformado que se ofreció para hacer el trabajo, y le dijo a la joven «Si convierto en oro toda esta paja por ti ¿qué me darás a cambio?», la joven contestó «Nada poseo ¡oh generoso!», el enano le ordenó, mientras bailaba restregándose las manos, «Me darás tu primer hijo cuando seas reina…», y la muy turra retrucó «¡Ma qué hijo ni tres carajos! ¡si podés convertir pasto seco en oro, soy tuya, papito! Me voy con vos. Por mi, el rey se puede ir a traficar con churros al casino de Mónaco». El enano contrahecho Rumpelstikin; hoy, casi trescientos años después, está profundamente arrepentido. Ya no baila.
Schahriar quedó sentado pensativo en su trono
―Caramba —dijo ―¡Sea alabada la sabiduría del Sabio de los Sabios! ¿Existe un infiel que puede convertir paja en oro? Creo que deberé enviar a por él…
—No, ¡oh tú, que atiendes al oprimido que te implora! Es sólo un cuento que…
El sultán hizo un gesto, como espantando una idea y dijo:
―Otra historia.
—Mi Señor, creo que…
―Otra.
―¡Oh, Emir de los Creyentes! Apiádate de una servidora tuya…
―Otra.
Schehrazade suspiró, recordó al poeta que exclamó:
«¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!».
Y luego de algunos segundos dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, cuyas piernas semejaban el trabajo del alfarero más devoto (¡La plegaria, la paz y las más escogidas bendiciones sean para el elegido por el Supremo Potentado!) que hubo un día entre los días en el que…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Y al llegar la noche mil cuatro

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Recuerdo sus labios como una colmena de miel, sus mejillas, como un parterre de rosas!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días en el que nació una profunda simpatía entre un soldadito de plomo, al que le faltaba una pierna, y una bella bailarinita de juguete. Cierta jornada sobrevino una tormenta, alguien dejó al soldadito en el alféizar de una ventana y éste cayó a la calle. Unos niños lo encontraron, lo subieron a un botecito de astrasa que navegó bajo la lluvia hasta que llegó al mar y se hundió; lo comió un pez al que luego pescaron y vendierona la cocinera de la familia del niño dueño de los juguetes (¡todo lo puede Aquel el que decide la Bienaventuranza de los hombres!). Esto pasó para que cuando el soldadito se reencontrara con la bailarina, ésta le dijera: «Milico de porquería. ¿Todo rotoso volvés? ¿Te creés que una va a estar esperado hasta que al señorito se le ocurra? Tomátelas, rengo gilún». El soldadito, umbrío por la pena, se arrojó al fuego. Hoy es plomada para pescar mojarritas.
¡Loado sea Alah, dueño del tiempo! ¡Qué historia más curiosa! ¿Mojarritas? ¿Qué es eso? —dijo el sultán
―Son unos peces pequeños que Alah (¡sólo Él puede discernir lo que es verdad y lo que no!) puso…
―Otra.
—¡Oh dueño de ejércitos y señor de un séquito numeroso! ¿Está seguro…?
―¡Otra historia!
Schehrazade bajó la vista al piso, recordó al poeta:
«Hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para hacer cuanto deseas!».
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric (¡Sus hazañas amatorias me han hecho alcanzar las cimas de la gloria!) que hubo un día entre los días en un reino cristiano…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil cinco

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Al ver su encantadora grupa redondeada se la confundiría con el tallo de la caña clavada en un montículo de movible arena!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días, en un bosque de un país cristiano, una niña que usaba una capa con una caperuza para protegerse de las inclemencias del tiempo, y que fue enviada por su madre a llevarle alimentos a su abuela.  Sin embargo, la madre no sabía de las inclinaciones políticas de su hija: a mitad de su camino la niña reunió a todos los habitantes del bosque y les dijo a viva voz, mientras les ofrecía el contenido de su canasta: «¡Basta de clases sociales, camaradas! ¡Debemos bregar por la emancipación de todos los trabajadores de esta foresta! ¡La dictadura del proletariado hará cesar esta explotación vergonzosa en forma de historia para dormir a niños con el opio burgués de un cuento simplón! ¡El imperialismo capitalista no sabe del torrente revolucionario que corre bajo estos pinos!». Su abuela, más curtida por los años vividos bajo el régimen del tirano Lobo, sonreía a los animales como tratando de atenuar los exabruptos comunistas de su nieta, a la que todos en el bosque de Böhmerwald llamaban «La Roja».
―¿Dictadura del proletariado? ¿Imperialismo capitalista? ¡Por las barbas del profeta (¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es su enviado!) ¿Qué son esas cosas? ¿Cuentos para infantes?
―No ¡oh luz de los fieles!, algunas teorías sociológicas derivaron en…
—Otra.
La princesa quiso expresar su queja; pero, temerosa, se contuvo, recordó la amenaza que pendía sobre su cabeza y la declamación del poeta:  
«¡Oh tu que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por aflicción a los hombres!»
Y dijo:
—Cuéntase ¡oh rey afortunado! (¡pero Alah es más Sabio, más Prudente más Poderoso y más Benéfico!) en las tierras donde nació el esclavo Alaric, el de hermosos cabellos como la arena del desierto (¡La luna de verano en medio de una noche de invierno no es más hermosa que él!), que ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad…
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y al llegar la noche mil seis

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Él atraía todas las miradas de mis núbiles amigas!) que ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad, en las tierras de un soberano del norte; que dos hermanos, un muchacho y una jovencita, vivían con su pobre padre leñador y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Alah conoce (¡Él es Omnisciente y Sabio, noble sultán!) el engendro del infierno que son las madrastras, sobre las que hablaremos una noche de éstas; y los doctores de la ciencia nos deben un estudio concienzudo que explique su maldad innata. Hansel, el joven, fue convencido por su hermana para ir al bosque, dejando a sus amiguitos que lo habían invitado a jugar a la pelota, A sabiendas de que su hermana quería jugarle una broma estúpida, llevó un mendrugo de pan, y fue dejando miguitas para encontrar después la salida del bosque. Éstas fueron comidas por las hormigas y ellos se perdieron en la espesura. Pasó mucho tiempo y él le dijo a la joven: «Mirá, Gretel, no me vengas ahora con que somos hermanos. Vos me trajiste al bosque hace como quince años. Y uno no es de fierro...». Ella corrió por entre sombríos pinos, perseguida por su hermano, y cuando éste estaba a punto de alcanzarla, se dieron de lleno con una casa hecha de dulces y mazapán en la que vivía una bruja que los raptó, los engordó y se los comió.
―¡La sabiduría del Más Grande nos ilustre! ¿Cómo que se los comió?
—Bueno ¡oh, dueño de ejércitos y señor de auxiliares, de servidores y de un séquito numeroso!, repito las palabras que me dijera Alaric, cuyos labios remedaban un amanecer y tenían la dulzura de los dátiles…
―Pero ¿así nomás? ¿sin cocinarlos?
―No conozco ¡oh hijo dilecto de Alah! De qué manera los comió…
—Otra.
Por tres veces Scherezade intentó hilvanar alguna excusa que la librase de contar una nueva historia, pero el Altísimo no puso en su inteligencia ningún argumento valedero. Entonces calló por unos segundos, pensó en el poeta cuando cantaba:
«¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que contaba el esclavo Alaric (¡Fue un joven tan hermoso que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo!) que hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia…
En este momento de su narración, Schehrazade vio que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil siete

El Sultán Schahriar sentenció, enojado:
—¡Pues date prisa a empezar, princesa, porque siento que esta noche me invade el alma un gran fastidio! ¡Y no estoy seguro de conservarte la cabeza sobre los hombros hasta que llegue la mañana!
Scherezade tragó saliva, y con voz finita dijo:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Cuya hermosura conmovió mi corazón y me sumió en el éxtasis!) que ¡oh rey clemente y misericordioso! hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia la Grande, un príncipe infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) cuyo nombre era Artemios y que, a la muerte de su padre, el rey Afridonios (¡Sea con él la furia del Justo!), convocó a todos los mejores sastres de su reino para hacerle un traje con motivo de su coronación.  Uno de ellos, con gran facundia y desparpajo, convenció al nuevo rey y a sus dignatarios para que se lo encargue.  El traje que él diseñaría, dijo, iba a ser tan especial que sería verdaderamente mágico. Pero agregó una advertencia importante: este traje no podría ser visto por los necios y solamente las personas inteligentes serían capaces de apreciarlo. Llegó el día de la gran fiesta y el rey apareció desnudo en público.  Nadie quería pasar por necio y todos le aplaudieron alabando su vestimenta, hasta que se oyó a un niño que dijo a viva voz «¡Pero si el rey va desnudo!». Esa fue la señal para que el pueblo todo comenzase a gritar «¡No lleva traje! ¡El rey fue engañado!». La policía montada reprimió a la multitud con gases. El niño fue detenido y purgó reclusión perpetua en las mazmorras de Constantinia la Grande.
―Artemios actuó con sabiduría ―dijo el sultán. Y agrego, sin solución de continuidad ―. Otra historia.
—¡Eh, no! ―dijo Scherezade con cierto fastidio, pero inmediatamente cambió su tono de voz —Te ruego ¡oh rey dichoso y bienaventurado! que me eximas…
―¡Otra! —dijo el rey Schahriar, chillando histérico.
La princesa bajó la mirada, sumisa; recordó al poeta que dijo:
«¡Mi corazón está destrozado, hecho trizas! ¡Rechazado en mi amor ¿podré vivir así mucho tiempo?»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric (¡Su lengua era suave y podía hacer llorar hasta las mismísimas estatuas del país que gobernó el gran Al-Iskandar, el de los Dos Cuernos!) solía contar que en tiempos de la historia…
En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

Y al llegar la noche mil ocho

La princesa relató:
—El esclavo Alaric (¡Su entrepierna empequeñecía el más alto de los minaretes de las mezquitas de Bagdag! ¡Cuánto lamentamos; mis hermanas, mis amigas y yo; que mi padre, el Gran Visir, lo hiciera eunuco para gracia de Alah después de no sé qué asunto en la alcoba de mi madre!) solía contar que en tiempos de la historia hubo una niña cuyos cabellos tenían el color del trigo maduro, que jugando en un bosque encontró una casa en la que vivía una familia de osos. Como éstos no estaban, la niña entró, tomó la leche que estaba en el tazón de papá oso, se sentó en la silla de mamá osa y luego se acostó en la cama del pequeño hijo, y allí se entregó al sueño. La familia regresó y entró a la casa. Papá Oso gritó muy fuerte: «¡Alguien ha probado mi leche!». Mamá Osa gruñó un poco menos fuerte: «¡Alguien ha tocado mi silla!». El Osito pequeño dijo llorando: «¡Alguien está durmiendo en mi cama!». Cuando Ricitos de Oro despertó, los tres osos todavía estaban allí. No sobrevivió al ataque. Un mechón de sus cabellos rubios, manchado de sangre, pasó a decorar el centro de mesa en el acogedor comedor de la hermosa casita de los Oso.
—Dos cosas —dijo el Sultán, levantando su mano derecha, con los dedos índice y mayor extendidos, y una expresión de furia apenas contenida en su rostro—: Una, (con su mano izquierda bajó el dedo índice de la derecha) ¡Por las barbas del profeta! tengo la absoluta certeza de que tanto ésta como las anteriores historias que me has contado no son versiones exactas, y quieres burlarte de mi. Y dos, (bajó el dedo medio, y sus celos le desdibujaron el semblante) ¡Alah es testigo! me tienen absolutamente cansado tus acotaciones acerca del esclavo infiel de tu padre ¡Haces otro comentario sobre él y te llegará la Separadora de amigos, la Destructora de palacios y Constructora de tumbas, la Inexorable, la Inevitable!
—¿La qué?
—¡Te mato!
Scherezade se quedó petrificada.
—Ahora continúa con tu relato —agregó Schahriar.
—Pero… —dijo la princesa con un hilo de voz —La historia de Ricitos de Oro terminó ¡oh sultán glorioso!
—Otra, entonces.
Ella suspiró, recordó al poeta que dijo:
«¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric… —Se le vino al recuerdo el ímpetu y la resistencia que solía demostrar el europeo, antes de que el Gran Visir lo hiciera eunuco, y que tan grabados tenía ella en su mente; y estuvo a punto de agregar un comentario, pero calló a tiempo— …contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa…
En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la noche mil nueve

Ella dijo:
—El esclavo Alaric —(«¡Sus manos sí que sabían encontrar placeres dentro de mi joya!» agregó en voz baja, recordando la amenaza que el sultán le hiciera la noche anterior)— contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa en un país del norte, alegrando a sus padres que no tenían hijos y la esperaban desde hacía muchos años. Cuando la niña vivió los años necesarios, fue iniciada en los ritos infieles de los cristianos y su padre organizó una gran fiesta a la que invitó a todas las genís de la comarca; pero olvidóse de una que, por despecho, lanzó un conjuro contra la princesita: Cuando fuera núbil, se pincharía un dedo y se dormiría hasta que el Amor Duradero la despertase. Dicho y hecho. Cuando la princesa llegó a su juventud, la gení mala, disfrazada de vieja e hilando lana, se las ingenió para que la joven quedase sola con ella, con la intención de que se lastimase con el huso. Como la princesa jamás en su vida tocó una herramienta, a la gení no le quedó más opción que doparla con una porción de banj capaz de adormecer a treinta elefantes. Aurora Durmió cien años. Cuando el príncipe la despertó, había en palacio un quilombo impresionante de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Además, la trataban como a un viejo estorbo. La princesa se retiró de nuevo a sus aposentos y se tomo medio frasco de valium. Durmió cien años más.
—Bien, bien —dijo el sultán. Y agregó —.Pero me parece que te lo inventas.
—¡Alah me libre de faltarte el respeto de esa forma, oh Príncipe de los Enviados y joya del Universo! Todo lo que te he contado…
—Hay algo que no me cierra. No das nombres de reyes ni de países, y todos los personajes son vagos y difusos.
—Te refiero ¡oh bendito del Retribuidor! Lo que oí de labios de Alaric, el esclavo, que…
—¡Te dije que no me nombres a ese infiel!
—¡Mi rey y señor! Faltaría a la verdad y me haría indigna de ser tu sierva si no nombro a quien me contase tales historias. Alaric, el esclavo de mi padre — y, en un descuido fatal, cegada por el recuerdo de los ojos claros y el cabello amarillo del esclavo eunuco, agregó: —¡Qué pedazo de macho era la bestia esa!.
La espada shamsir del sultán silbó, aguda, en el aire y cortó limpiamente la cabeza de Scherezade, que rodó varios arsh hasta que se detuvo, los ojos abiertos de asombro y la boca abriéndose y cerrándose, en un vano intento por aspirar aire una última vez.
Schahriar la miró apenas unos segundos, se giró sin decir nada y extrajo de entre los almohadones de su lecho el control remoto del televisor de cristal líquido de sesenta pulgadas. Demoró casi veinte minutos en hacer una vuelta de zapping por todos los canales, hasta volver al primero.
—Nada, como siempre —dijo contrariado. Luego, buscó el más visto, donde el mismo conductor de siempre —gritando hasta casi desgañitarse: «¡Buenas noches, Arabia!»— amenizaba un insulso concurso de baile, donde una pareja intentaba, más mal que bien, unas acrobacias en el caño que invitaban a la risa, mientras que el thawb y la ghutra de él y la abaya y el niqab de ella, que les cubrían, literalmente, de la cabeza a los pies le quitaban toda sensualidad al baile.
Malhumorado, Schahriar, apagó la televisión. Nada bueno por allí. Tomó el semanario «Censura» y lo hojeó despacio, sin prestarle atención. Nada interesante por aquí tampoco. No TV, no revistas y Scherezade fuera de combate. Las noches del desierto sumamente aburridas. Se arrellanó entre los cojines. Cruzó los brazos —primero el izquierdo sobre el derecho e inmediatamente después, cambio y puso el derecho sobre el izquierdo—, y bajó su barbilla hasta tocar su pecho. Bostezó. Vio una gota de sangre en su faldón de seda, tomó su hattah, lo humedeció con agua de un matara cercano y quitó la mancha fregándola de manera vigorosa. Prendió otra vez la televisión, pero inmediatamente la volvió a apagar. Volvió a cruzar los brazos, resopló y dijo:
—Ufa.


Acerca del autor:


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada