martes, 24 de julio de 2012

La noche mil dos y las siguientes - Daniel Frini



En una hipotética escala de promiscuidad: ¿Quién tendría un puntaje más alto? ¿Blancanieves y su historia con los siete enanos o Alí Babá y la suya con los cuarenta ladrones?

Preguntas y Proverbios Intrascendentes
Babá-Abdalah, siglo XVI

Antecedentes

Y tras terminar, en las postrimerías de la noche unmilésima, la historia del príncipe Jazmín y de la princesa Almendra, Schehrazade añadió:
—Y ésta es ¡oh rey afortunado! la tierna historia de Jazmín y Almendra; y la he contado tal como llegó a mí ¡Pero Alah es más sabio y magnánimo!—, y dicho esto, calló.
Entonces, el rey Schahriar exclamó:
―¡Oh Schehrazade! ¡Cuán espléndida ha sido esta historia! ¡Qué admirable fue! En las mil noches que pasaron y en ésta que termina, me has instruido ¡oh docta y discreta princesa! y me has hecho ver los acontecimientos que les sucedieron a otros hijos del Altísimo, y considerar atentamente las palabras de los reyes y de los pueblos pasados y las cosas maravillosas y dignas de reflexión que les ocurrieron. Y he aquí que, en verdad, me encuentro con mi alma profundamente cambiada, alegre y embebida del gozo de vivir. Así, pues, ¡oh, bendita hija de mi visir! ¡La gloria sea con el que te ha concedido tantos dones selectos, ha perfumado tu boca, ha puesto la elocuencia en tu lengua y la inteligencia detrás de tu frente!
Y agregó, con una sonrisa infantil en su rostro:
― Cuéntame otra.
Schehrazade abrió bien grandes sus ojos y tembló.
—Pe…pero… ―balbuceó —. Creí que… Usted dijo… Yo pensé…
―¡Oh dulce hija de Aquel que todo lo conoce! ¡Compláceme con otro de tus estupendos relatos!
—Han pasado mil y una noches, mi señor, y yo…
―Dale, sé buena, dale. Contame otra.
—No debería ser así… Yo …
―¡Otra, otra, otra! —cantó el sultán, batiendo palmas como si fuese un niño.
—Pero, mi rey, es que…
―¡Otra historia o te mando decapitar! ―grito, ahora furioso.
Y fue así que la princesa Schehrazade se resignó a complacer a su rey.
Había leído los libros, los anales y las leyendas de los gobernantes de edades remotas y las historias de los pueblos pasados. Poseía innumerables crónicas sobre ellos y sus poetas; pero en su penar de las mil y una noches anteriores habíasele acabado todo su saber sobre los pueblos de los muslemini, devotos de Alah, el Altísimo y el Omnipotente (¡Todo el poder y la fuerza estén en Él!) y no conocía otras historias entre los habitantes de los reinos desde el Egipto a la India y el Sipán, para relatar al Gran Sultán Schahriar.
Sin embargo, en un momento de iluminación al que consideró como una gracia de Alah (¡Nadie conoce lo desconocido, más que el Altísimo!), recordó las fantásticas historias que le refiriera el esclavo Alaric von  Budziszyn, cuyos cabellos remedaban al sol y cuya piel, clara y transparente sonrojaba los rostros aceitunados de las hijas del Altísimo (¡Que Su seno nos cobije a todos!), nacido en el país de los rumán; y que su padre, el Gran Visir, trajera de la guerra cuando ella salía apenas de su niñez. Se repitió a sí misma las palabras del poeta
«¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida»
Y comenzó a referir una de aquellas historias:
―He llegado a saber ¡oh rey afortunado! por la voz del esclavo Alaric, el hermoso (¡Extraños son los caminos de Alah que manifestó toda su gracia en un enemigo de sus hijos!) que había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus …
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil dos

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric , el de los cabellos como el oro (¡Sus ojos fueron sables de color de gemas; y, bajo sus párpados, tuvieron miradas llenas de magia!) que había ¡oh rey! en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus olvidado por Alah (¡El único y verdadero Soberano del Cielo!), una niña cuyo padre había enviudado y casado nuevamente con una mujer ambiciosa (¡Curiosas costumbres las de los hombres infieles que, cobardemente, cohabitan con una sola mujer a la vez!). La madrastra maltrataba a esta niña y la obligaba a hacer las tareas más humillantes.
La niña creció hasta su juventud y hubo un día entre los días en que el rey invitó a sus súbditos más amados a un baile en el palacio, y a la familia de la joven entre ellos. Pero la madrastra le ordenó quedarse en la casa haciendo limpiezas. Ella, desconsolada por semejante afrenta, invocó la ayuda de su gení madrina, que usando artes de hechicería la vistió con telas lujosas, entretejidas con oro de Grecia; la peinó con perfumes, maquilló con cremas y ungió con aceites. Hizo de una gran hortaliza un estupendo carruaje y de inmundos ratones imponentes corceles y pajes, con los que la joven asistiría al baile. Sin embargo, la gení advirtió: «Debido a lo exiguo del estipendio acordado, a la medianoche, hora local, deberás marcharte porque todo encantamiento expirará, y volverás a tus vestidos raídos, tus crenchas desgreñadas y tu habitual olor a desagüe de aguas servidas».
Tan hermosa estaba la joven, que sólo este hecho le permitió sortear la guardia del palacio, por que no figuraba en la lista de invitados. Una vez en la fiesta, la noche avanzó y se hicieron las diez, las once, llegaron las doce, luego la una, las dos y fue aún más tarde. A las seis de la mañana, la pareja real y todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos —apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso―; el príncipe estaba sentado en el trono, una pierna colgando del apoyabrazos, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada alrededor de su cabeza, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del baile: llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.
Cenicienta, que así llamaba a la joven, seguía bailando descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y la gení madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, hora local, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.
El Gran Sultán levantó ambas manos como para aplaudir, pero detuvo el gesto con indecisión. Abrió y cerró su boca dos veces antes de decir:
—No entendí.
—¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido! La historia que os conté trata acerca de…
―¿Conciencia social? ¿sindicatos? ¿qué es eso?
—Bueno, en realidad…
―¡Palabras, palabras! —dijo el sultán, sospechando un mal ejemplo para sus gobernados en el relato escuchado. Y agregó:
―Otra.
—¿Otra que?
—Otra historia.
―¡¿Otra?!
―¡Si!
Schehrazade miró al cielo con una plegaria muda en los labios, y recordó la voz del poeta que cantó:
«¡Oh tu, que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?»
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, (¡cuyo torso trabajado era, a la vista de esta humilde servidora, un regalo de Alah, el Eterno) y que mi padre el Gran Visir sometiera en la guerra contra el infiel, que en un país bárbaro érase que se era …
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y discretamente interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil tres

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Loores y gloria al Dueño de lo Visible y de lo Invisible, al Único Viviente y al capaz de crear semejante criatura!) que ¡oh rey! érase que se era un pobre molinero quien tenía una hija muy bella. Bueno, ya os imagináis ¡Oh, califa generoso y bienhechor!, un padre al que le gustaba darse importancia ante sus superiores sin medir las consecuencias y que proclamó una sentencia que llegó a oídos del rey de la comarca: «¡Alah es grande y mi hija es capaz de convertir humilde paja en un finísimo hilo de oro!», este rey, codicioso, mandó a que la hija se presente ante él, la tomó prisionera y la encerró en una habitación repleta de paja y le dijo «Si hilás toda esta paja y la convertís en oro te hago mi esposa. Si no, te mato», la joven quedó sola y lloró a mares la desdicha de su destino (¡Solo Alah, el grande conoce el porvenir de sus siervos!); entonces apareció de la nada un enano malformado que se ofreció para hacer el trabajo, y le dijo a la joven «Si convierto en oro toda esta paja por ti ¿qué me darás a cambio?», la joven contestó «Nada poseo ¡oh generoso!», el enano le ordenó, mientras bailaba restregándose las manos, «Me darás tu primer hijo cuando seas reina…», y la muy turra retrucó «¡Ma qué hijo ni tres carajos! ¡si podés convertir pasto seco en oro, soy tuya, papito! Me voy con vos. Por mi, el rey se puede ir a traficar con churros al casino de Mónaco». El enano contrahecho Rumpelstikin; hoy, casi trescientos años después, está profundamente arrepentido. Ya no baila.
Schahriar quedó sentado pensativo en su trono
―Caramba —dijo ―¡Sea alabada la sabiduría del Sabio de los Sabios! ¿Existe un infiel que puede convertir paja en oro? Creo que deberé enviar a por él…
—No, ¡oh tú, que atiendes al oprimido que te implora! Es sólo un cuento que…
El sultán hizo un gesto, como espantando una idea y dijo:
―Otra historia.
—Mi Señor, creo que…
―Otra.
―¡Oh, Emir de los Creyentes! Apiádate de una servidora tuya…
―Otra.
Schehrazade suspiró, recordó al poeta que exclamó:
«¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!».
Y luego de algunos segundos dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, cuyas piernas semejaban el trabajo del alfarero más devoto (¡La plegaria, la paz y las más escogidas bendiciones sean para el elegido por el Supremo Potentado!) que hubo un día entre los días en el que…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Y al llegar la noche mil cuatro

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Recuerdo sus labios como una colmena de miel, sus mejillas, como un parterre de rosas!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días en el que nació una profunda simpatía entre un soldadito de plomo, al que le faltaba una pierna, y una bella bailarinita de juguete. Cierta jornada sobrevino una tormenta, alguien dejó al soldadito en el alféizar de una ventana y éste cayó a la calle. Unos niños lo encontraron, lo subieron a un botecito de astrasa que navegó bajo la lluvia hasta que llegó al mar y se hundió; lo comió un pez al que luego pescaron y vendierona la cocinera de la familia del niño dueño de los juguetes (¡todo lo puede Aquel el que decide la Bienaventuranza de los hombres!). Esto pasó para que cuando el soldadito se reencontrara con la bailarina, ésta le dijera: «Milico de porquería. ¿Todo rotoso volvés? ¿Te creés que una va a estar esperado hasta que al señorito se le ocurra? Tomátelas, rengo gilún». El soldadito, umbrío por la pena, se arrojó al fuego. Hoy es plomada para pescar mojarritas.
¡Loado sea Alah, dueño del tiempo! ¡Qué historia más curiosa! ¿Mojarritas? ¿Qué es eso? —dijo el sultán
―Son unos peces pequeños que Alah (¡sólo Él puede discernir lo que es verdad y lo que no!) puso…
―Otra.
—¡Oh dueño de ejércitos y señor de un séquito numeroso! ¿Está seguro…?
―¡Otra historia!
Schehrazade bajó la vista al piso, recordó al poeta:
«Hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para hacer cuanto deseas!».
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric (¡Sus hazañas amatorias me han hecho alcanzar las cimas de la gloria!) que hubo un día entre los días en un reino cristiano…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil cinco

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Al ver su encantadora grupa redondeada se la confundiría con el tallo de la caña clavada en un montículo de movible arena!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días, en un bosque de un país cristiano, una niña que usaba una capa con una caperuza para protegerse de las inclemencias del tiempo, y que fue enviada por su madre a llevarle alimentos a su abuela.  Sin embargo, la madre no sabía de las inclinaciones políticas de su hija: a mitad de su camino la niña reunió a todos los habitantes del bosque y les dijo a viva voz, mientras les ofrecía el contenido de su canasta: «¡Basta de clases sociales, camaradas! ¡Debemos bregar por la emancipación de todos los trabajadores de esta foresta! ¡La dictadura del proletariado hará cesar esta explotación vergonzosa en forma de historia para dormir a niños con el opio burgués de un cuento simplón! ¡El imperialismo capitalista no sabe del torrente revolucionario que corre bajo estos pinos!». Su abuela, más curtida por los años vividos bajo el régimen del tirano Lobo, sonreía a los animales como tratando de atenuar los exabruptos comunistas de su nieta, a la que todos en el bosque de Böhmerwald llamaban «La Roja».
―¿Dictadura del proletariado? ¿Imperialismo capitalista? ¡Por las barbas del profeta (¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es su enviado!) ¿Qué son esas cosas? ¿Cuentos para infantes?
―No ¡oh luz de los fieles!, algunas teorías sociológicas derivaron en…
—Otra.
La princesa quiso expresar su queja; pero, temerosa, se contuvo, recordó la amenaza que pendía sobre su cabeza y la declamación del poeta:  
«¡Oh tu que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por aflicción a los hombres!»
Y dijo:
—Cuéntase ¡oh rey afortunado! (¡pero Alah es más Sabio, más Prudente más Poderoso y más Benéfico!) en las tierras donde nació el esclavo Alaric, el de hermosos cabellos como la arena del desierto (¡La luna de verano en medio de una noche de invierno no es más hermosa que él!), que ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad…
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y al llegar la noche mil seis

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Él atraía todas las miradas de mis núbiles amigas!) que ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad, en las tierras de un soberano del norte; que dos hermanos, un muchacho y una jovencita, vivían con su pobre padre leñador y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Alah conoce (¡Él es Omnisciente y Sabio, noble sultán!) el engendro del infierno que son las madrastras, sobre las que hablaremos una noche de éstas; y los doctores de la ciencia nos deben un estudio concienzudo que explique su maldad innata. Hansel, el joven, fue convencido por su hermana para ir al bosque, dejando a sus amiguitos que lo habían invitado a jugar a la pelota, A sabiendas de que su hermana quería jugarle una broma estúpida, llevó un mendrugo de pan, y fue dejando miguitas para encontrar después la salida del bosque. Éstas fueron comidas por las hormigas y ellos se perdieron en la espesura. Pasó mucho tiempo y él le dijo a la joven: «Mirá, Gretel, no me vengas ahora con que somos hermanos. Vos me trajiste al bosque hace como quince años. Y uno no es de fierro...». Ella corrió por entre sombríos pinos, perseguida por su hermano, y cuando éste estaba a punto de alcanzarla, se dieron de lleno con una casa hecha de dulces y mazapán en la que vivía una bruja que los raptó, los engordó y se los comió.
―¡La sabiduría del Más Grande nos ilustre! ¿Cómo que se los comió?
—Bueno ¡oh, dueño de ejércitos y señor de auxiliares, de servidores y de un séquito numeroso!, repito las palabras que me dijera Alaric, cuyos labios remedaban un amanecer y tenían la dulzura de los dátiles…
―Pero ¿así nomás? ¿sin cocinarlos?
―No conozco ¡oh hijo dilecto de Alah! De qué manera los comió…
—Otra.
Por tres veces Scherezade intentó hilvanar alguna excusa que la librase de contar una nueva historia, pero el Altísimo no puso en su inteligencia ningún argumento valedero. Entonces calló por unos segundos, pensó en el poeta cuando cantaba:
«¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que contaba el esclavo Alaric (¡Fue un joven tan hermoso que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo!) que hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia…
En este momento de su narración, Schehrazade vio que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil siete

El Sultán Schahriar sentenció, enojado:
—¡Pues date prisa a empezar, princesa, porque siento que esta noche me invade el alma un gran fastidio! ¡Y no estoy seguro de conservarte la cabeza sobre los hombros hasta que llegue la mañana!
Scherezade tragó saliva, y con voz finita dijo:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Cuya hermosura conmovió mi corazón y me sumió en el éxtasis!) que ¡oh rey clemente y misericordioso! hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia la Grande, un príncipe infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) cuyo nombre era Artemios y que, a la muerte de su padre, el rey Afridonios (¡Sea con él la furia del Justo!), convocó a todos los mejores sastres de su reino para hacerle un traje con motivo de su coronación.  Uno de ellos, con gran facundia y desparpajo, convenció al nuevo rey y a sus dignatarios para que se lo encargue.  El traje que él diseñaría, dijo, iba a ser tan especial que sería verdaderamente mágico. Pero agregó una advertencia importante: este traje no podría ser visto por los necios y solamente las personas inteligentes serían capaces de apreciarlo. Llegó el día de la gran fiesta y el rey apareció desnudo en público.  Nadie quería pasar por necio y todos le aplaudieron alabando su vestimenta, hasta que se oyó a un niño que dijo a viva voz «¡Pero si el rey va desnudo!». Esa fue la señal para que el pueblo todo comenzase a gritar «¡No lleva traje! ¡El rey fue engañado!». La policía montada reprimió a la multitud con gases. El niño fue detenido y purgó reclusión perpetua en las mazmorras de Constantinia la Grande.
―Artemios actuó con sabiduría ―dijo el sultán. Y agrego, sin solución de continuidad ―. Otra historia.
—¡Eh, no! ―dijo Scherezade con cierto fastidio, pero inmediatamente cambió su tono de voz —Te ruego ¡oh rey dichoso y bienaventurado! que me eximas…
―¡Otra! —dijo el rey Schahriar, chillando histérico.
La princesa bajó la mirada, sumisa; recordó al poeta que dijo:
«¡Mi corazón está destrozado, hecho trizas! ¡Rechazado en mi amor ¿podré vivir así mucho tiempo?»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric (¡Su lengua era suave y podía hacer llorar hasta las mismísimas estatuas del país que gobernó el gran Al-Iskandar, el de los Dos Cuernos!) solía contar que en tiempos de la historia…
En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

Y al llegar la noche mil ocho

La princesa relató:
—El esclavo Alaric (¡Su entrepierna empequeñecía el más alto de los minaretes de las mezquitas de Bagdag! ¡Cuánto lamentamos; mis hermanas, mis amigas y yo; que mi padre, el Gran Visir, lo hiciera eunuco para gracia de Alah después de no sé qué asunto en la alcoba de mi madre!) solía contar que en tiempos de la historia hubo una niña cuyos cabellos tenían el color del trigo maduro, que jugando en un bosque encontró una casa en la que vivía una familia de osos. Como éstos no estaban, la niña entró, tomó la leche que estaba en el tazón de papá oso, se sentó en la silla de mamá osa y luego se acostó en la cama del pequeño hijo, y allí se entregó al sueño. La familia regresó y entró a la casa. Papá Oso gritó muy fuerte: «¡Alguien ha probado mi leche!». Mamá Osa gruñó un poco menos fuerte: «¡Alguien ha tocado mi silla!». El Osito pequeño dijo llorando: «¡Alguien está durmiendo en mi cama!». Cuando Ricitos de Oro despertó, los tres osos todavía estaban allí. No sobrevivió al ataque. Un mechón de sus cabellos rubios, manchado de sangre, pasó a decorar el centro de mesa en el acogedor comedor de la hermosa casita de los Oso.
—Dos cosas —dijo el Sultán, levantando su mano derecha, con los dedos índice y mayor extendidos, y una expresión de furia apenas contenida en su rostro—: Una, (con su mano izquierda bajó el dedo índice de la derecha) ¡Por las barbas del profeta! tengo la absoluta certeza de que tanto ésta como las anteriores historias que me has contado no son versiones exactas, y quieres burlarte de mi. Y dos, (bajó el dedo medio, y sus celos le desdibujaron el semblante) ¡Alah es testigo! me tienen absolutamente cansado tus acotaciones acerca del esclavo infiel de tu padre ¡Haces otro comentario sobre él y te llegará la Separadora de amigos, la Destructora de palacios y Constructora de tumbas, la Inexorable, la Inevitable!
—¿La qué?
—¡Te mato!
Scherezade se quedó petrificada.
—Ahora continúa con tu relato —agregó Schahriar.
—Pero… —dijo la princesa con un hilo de voz —La historia de Ricitos de Oro terminó ¡oh sultán glorioso!
—Otra, entonces.
Ella suspiró, recordó al poeta que dijo:
«¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric… —Se le vino al recuerdo el ímpetu y la resistencia que solía demostrar el europeo, antes de que el Gran Visir lo hiciera eunuco, y que tan grabados tenía ella en su mente; y estuvo a punto de agregar un comentario, pero calló a tiempo— …contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa…
En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la noche mil nueve

Ella dijo:
—El esclavo Alaric —(«¡Sus manos sí que sabían encontrar placeres dentro de mi joya!» agregó en voz baja, recordando la amenaza que el sultán le hiciera la noche anterior)— contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa en un país del norte, alegrando a sus padres que no tenían hijos y la esperaban desde hacía muchos años. Cuando la niña vivió los años necesarios, fue iniciada en los ritos infieles de los cristianos y su padre organizó una gran fiesta a la que invitó a todas las genís de la comarca; pero olvidóse de una que, por despecho, lanzó un conjuro contra la princesita: Cuando fuera núbil, se pincharía un dedo y se dormiría hasta que el Amor Duradero la despertase. Dicho y hecho. Cuando la princesa llegó a su juventud, la gení mala, disfrazada de vieja e hilando lana, se las ingenió para que la joven quedase sola con ella, con la intención de que se lastimase con el huso. Como la princesa jamás en su vida tocó una herramienta, a la gení no le quedó más opción que doparla con una porción de banj capaz de adormecer a treinta elefantes. Aurora Durmió cien años. Cuando el príncipe la despertó, había en palacio un quilombo impresionante de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Además, la trataban como a un viejo estorbo. La princesa se retiró de nuevo a sus aposentos y se tomo medio frasco de valium. Durmió cien años más.
—Bien, bien —dijo el sultán. Y agregó —.Pero me parece que te lo inventas.
—¡Alah me libre de faltarte el respeto de esa forma, oh Príncipe de los Enviados y joya del Universo! Todo lo que te he contado…
—Hay algo que no me cierra. No das nombres de reyes ni de países, y todos los personajes son vagos y difusos.
—Te refiero ¡oh bendito del Retribuidor! Lo que oí de labios de Alaric, el esclavo, que…
—¡Te dije que no me nombres a ese infiel!
—¡Mi rey y señor! Faltaría a la verdad y me haría indigna de ser tu sierva si no nombro a quien me contase tales historias. Alaric, el esclavo de mi padre — y, en un descuido fatal, cegada por el recuerdo de los ojos claros y el cabello amarillo del esclavo eunuco, agregó: —¡Qué pedazo de macho era la bestia esa!.
La espada shamsir del sultán silbó, aguda, en el aire y cortó limpiamente la cabeza de Scherezade, que rodó varios arsh hasta que se detuvo, los ojos abiertos de asombro y la boca abriéndose y cerrándose, en un vano intento por aspirar aire una última vez.
Schahriar la miró apenas unos segundos, se giró sin decir nada y extrajo de entre los almohadones de su lecho el control remoto del televisor de cristal líquido de sesenta pulgadas. Demoró casi veinte minutos en hacer una vuelta de zapping por todos los canales, hasta volver al primero.
—Nada, como siempre —dijo contrariado. Luego, buscó el más visto, donde el mismo conductor de siempre —gritando hasta casi desgañitarse: «¡Buenas noches, Arabia!»— amenizaba un insulso concurso de baile, donde una pareja intentaba, más mal que bien, unas acrobacias en el caño que invitaban a la risa, mientras que el thawb y la ghutra de él y la abaya y el niqab de ella, que les cubrían, literalmente, de la cabeza a los pies le quitaban toda sensualidad al baile.
Malhumorado, Schahriar, apagó la televisión. Nada bueno por allí. Tomó el semanario «Censura» y lo hojeó despacio, sin prestarle atención. Nada interesante por aquí tampoco. No TV, no revistas y Scherezade fuera de combate. Las noches del desierto sumamente aburridas. Se arrellanó entre los cojines. Cruzó los brazos —primero el izquierdo sobre el derecho e inmediatamente después, cambio y puso el derecho sobre el izquierdo—, y bajó su barbilla hasta tocar su pecho. Bostezó. Vio una gota de sangre en su faldón de seda, tomó su hattah, lo humedeció con agua de un matara cercano y quitó la mancha fregándola de manera vigorosa. Prendió otra vez la televisión, pero inmediatamente la volvió a apagar. Volvió a cruzar los brazos, resopló y dijo:
—Ufa.


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lunes, 23 de julio de 2012

Sueños robados - Sergio Gaut vel Hartman


Una cosa es despertarse y no poder recordar lo que se acaba de soñar y otra muy distinta saber que te han robado el sueño que acabas de soñar, tu sueño. Porque nadie va a negar que los sueños son de los que los sueñan, ¿verdad? Esto no tiene nada que ver con comunismo y capitalismo, propiedad de latifundios y reforma agraria. Los sueños son de quien los sueña, y los que los roban son ladrones, punto, no hay excusas. Son tipos de la peor calaña porque te roban lo que se supone que nadie te debería poder robar. ¿Quiénes son los ladrones de sueños? ¿Para qué los quieren? ¡Si lo supiera!


Me metí bajo la ducha refunfuñando y dejé que el vino corriera por mi cuerpo. Nada como la caricia del borgoña para limpiar la bronca. Algunos prefieren el cabernet, pero a mí me resulta áspero, demasiado seco. Permanecí debajo del vino unos quince minutos y salí chorreando. Las luces del antro estaban apagadas, por lo que esperé tiritando en la oscuridad que llegaran las lenguas y me secaran. ¡Malditos depredadores! No podía apartar mis pensamientos de esos hijos de puta. ¿Qué sueño me habrían robado? Vinieron a mi mente las imágenes de una calle estrecha, flanqueada por edificios altos con las ventanas cerradas, pero ese era un viejo sueño que yo paladeaba con frecuencia, tal vez un sueño recurrente, que había sido soñado tantas veces que ya tenía los bordes ajados y carcomidos. Seguía siendo un sueño magnífico, aristocrático, pero antiguo, y sin lugar a dudas no era el sueño que me habían robado.
Las lenguas hicieron su trabajo. Suaves como terciopelo y lentas como orugas, recorrieron mi cuerpo catando cada gota de borgoña. Pensando en mi sueño hurtado, ni siquiera advertí que ya estaba seco, y habría permanecido de pie durante muchas horas, absorto y desnudo en la oscuridad, si no hubiera aparecido mi fiel amiga Miranda para recordarme que era hora de oficiar el servicio.
—El servicio —repetí estúpidamente.
—¿Qué sueño degustarán tus fieles esta noche? —dijo Miranda, más sonriente que nunca.
—¿Sueño? —Sólo entonces advertí la enormidad de la tragedia que me había tocado en suerte. Sin un sueño propio y flamante que transmitir a los fieles, debería recurrir a los sueños del pasado, a sueños ajenos, a sueños prestados. ¿Sueños robados? ¿Existe un mercado secundario que se nutre de sueños robados? El que le roba a un ladrón merece mil años de perdón. Pero yo nunca había salido a robar sueños o a comprar sueños robados; no sabía entonces —y no lo sé ahora— cual es el procedimiento que permite meterse en la mente del soñador y depredar las imágenes oníricas.
—¿Qué ocurre? —La sonrisa desapareció del rostro de Miranda. Fue como si una tormenta hubiera provocado el hundimiento de la nave que transportaba a todos tus seres queridos y te dieran la noticia el día de tu boda, unos minutos antes de la ceremonia.
—No tengo mi sueño de hoy, amor; me lo robaron.
Miranda palideció. —¿Robaron tu sueño? ¿Cómo es posible?
—¡No lo sé! —Estaba desesperado, pero no lo estuve por mucho tiempo: la desesperación huyó de mi cuerpo despavorida, fiel a su estilo y mi desnudez se multiplicó. Desnudo y calmo, ayuno de desesperación y borgoña, enfrenté a Miranda y la besé. Ella, obediente del ritual, mordió mis labios, bebió la sangre y comió la carne.
El agua ya hervía en una hermosísima olla de titanio puesta al fuego por Leiber, el hombre eléctrico. Leiber llegó montado en un rayo, hace siglos, y jamás se ha ido de nuestro lado. Sobre la mesa de la sala, un cuchillo recién afilado respiraba inquieto: era la primera vez en su vida que iba a degollar a alguien, y del horno salía un desagradable olor a chuleta carbonizada. Vida de hogar.
Luego de que Miranda escupió mis labios dentro de la olla, echamos puñados de sal y esperamos el paso del tren de las siete. En el tren de las siete llegan viajeros perfectos, mansos e inocentes, ignorantes del destino que les espera y, justamente por eso, felices como almejas. Leiber pasó echando chispas azules y arreando a las lenguas, ebrias, por supuesto, pobrecitas. El tren, en cambio, llegó a horario. Reprimí los deseos de hacer el amor con Miranda en ese mismo momento y me concentré en mi tarea.
—Ese —señaló Miranda.
—No —repliqué—, esa.
—Misógino.
—Perdonavidas.
Negociamos. Un niño rubio y fino estaba bien para los dos. El cuchillo se alzó en el aire; sudaba como un luchador de sumo. Pero no falló.
—Ojos azules, qué bonitos —dijo Miranda.
Me encogí de hombros. No estaba de humor para percibir delicadezas y refinamientos. El robo de mi sueño era una llaga abierta que quemaba y aún no había decidido qué mentira contarles a mis fieles, que ficción urdir y hacerles creer que era un sueño. ¿Se lo tragarían? Si sólo uno de ellos descubriera el engaño todo el sistema se desmoronaría. Se lo dije a Miranda y ella me comprendió, como siempre; no es mi amante desde hace siglos por pura casualidad. Los ojos se unieron a los labios, rojos de sangre y blancos de saliva, y una criatura de piel violeta trepó por el borde de la olla.
—A sus órdenes, amo —dijo.
—De eso, nada —repliqué—. Soy el jefe, pero aquí todo es democrático. Te encargarás de la biblioteca. Intuyo que tendrás mucho ojo para los temas históricos. Estamos tratando de documentarnos sobre un encuentro furtivo entre Ana Comnena, la hija de Alexis, emperador de Bizancio, y el rudo normando Bohemundo. Tiene que haber sucedido en los aposentos del palacio de los Manganos, el 10 de abril de 1097.
El monstruo generado en la olla no se inmutó. —¿Tienen máquina?
—¿Máquina del tiempo?
—Sí, bobo; no iba a ser una máquina Overlock de refilar pantalones.
—No tenemos máquina del tiempo.
—Entonces no será sencillo. —El ser se rascó el párpado con un dedo largo y fino como una pata de araña. Miranda le dio la espalda; le producían un fastidio insuperable los que interponían excusas para no llevar a cabo las tareas encomendadas con la eficacia que se esperaba de ellos.
—No me importa —dije, cortando la objeción con una mano. La objeción, herida, reptó por los rincones y fue a morir a la salida de la cueva del conejo Porcayo. Pero Porcayo estaba de vacaciones en México, visitando a sus familiares, por lo que no salió a rematarla.
—Maestro, amigo, amante —dijo Miranda, regresando de su furia tan sedada como si hubiera comido guiso de capullos—. El tiempo se acaba.
—No se acaba. —Saqué un puñado de tiempo del bolsillo y ganamos dos o tres horas que me iban a servir para resolver el tema de la falta del sueño.
Miranda sonrió. —Siempre tan ocurrente.
—Tengo el sueño —dijo el monstruo de la olla.
—¿Qué sueño? —Si era cierto, la combinación había dado a luz a un genio. Tendría que usar más niños del tren de las siete y combinarlos con otras partes de mi cuerpo. Nada más puro y efectivo que el agua hirviendo. Miranda captó la idea y se relamió: le tiene echado el ojo a una parte de mi cuerpo en especial; pero yo no soy ningún tonto y sé que el día que ella se aficione a esa parte la perderé como amiga y asistente y tendremos que limitarnos a ser amantes.
—El sueño que le robaron los depredadores —dijo el monstruo de la olla. Y me mostró un sueño todo chamuscado, gris y blanco—. ¿Es éste o no?
—¿Cómo puedo saberlo? Me lo robaron antes de despertar. Nunca lo vi. Podrías engañarme con suma facilidad —concluí, receloso.
—Soy incapaz de hacer algo así —dijo el monstruo—. Soy una mezcla impura de elementos puros. ¿Usted no es alquimista acaso?
—Veamos ese sueño —dije sin molestarme en devolverlo a la olla. El monstruo era un confianzudo, pero si de verdad había recuperado mi sueño tendría que recompensarlo. En ese momento, como un ramalazo, me llegó una imagen poderosa, posiblemente una profecía: el monstruo se llevaba a Miranda y juntos, en el lejano este, procreaban una estirpe de seres fungiformes, híbridos y pervertidos como curas católicos. Expulsé la profecía de mi mente y me concentré en el sueño.
Los ladrones no lo habían tocado. Por alguna razón que ignoraba entonces e ignoro ahora, el sueño estaba intacto. Y casi de inmediato supe lo que tenía que saber con certeza absoluta: era mi sueño.
—No fue fácil —dijo el monstruo de la olla—; parece que los ladrones habitan el reverso del muro, ocultos en repliegues y recovecos sombríos, repartidos en agujeros que simulan ser enigmas indescifrables.
—Parecer no es lo mismo que ser —refuté—. Y si poseían el poder y la sabiduría para destruirlo, pero no lo hicieron, significa que una fuerza formidable les ata las manos. Eso es peligroso hasta para mí. —Empecé a temer a esa fuerza invisible y mi sueño se convirtió en algo secundario, sin importancia. Para mí, claro, no para Miranda.
—¡Está intacto! —exclamó la muchacha. Alzó los brazos y los lienzos que la cubrían cayeron al suelo, por lo que quedó totalmente desnuda. En otras circunstancias me habría arrojado sobre ella, pero no lo hice porque comprendí la importancia de ese sueño en particular; no por nada me lo habían robado. Miranda notó que la situación se tornaba precaria, y para remediarla se puso un gabán tan holgado que en él podrían haber vivido dos familias.
—¡No supieron cómo operarlo! —dije, extrañado—. ¿Qué clase de depredadores son estos que sucumben ante un simple sueño? Operar el sueño que se ha obtenido es lo primero que todos quieren y lo primero que todos hacen. ¡Qué no darían mis fieles por extender las zarpas y posarlas sobre uno como éste, pobrecitos!
Leiber apareció desde el otro lado del muro de sombras. Después de todo no había sido tan difícil hallarlo. Siempre había estado a dos pasos de distancia. Todavía titilaban vestigios de luz y de sombra entre sus chispas, como el resabio de una vieja película muda.
—¡Imbécil! Sabías que mi sueño estaba allí y no me dijiste nada.
—¿Leiber habla? —dijo el monstruo.
—¡Por supuesto que no! —repliqué—, pero podría haberme escrito un mensaje electrónico o una simple carta, de las que se mandan por correo.
—¿Adónde habría conseguido estampillas?
Me saqué un zapato y se lo arrojé al monstruo. Él, por supuesto, lo esquivó con facilidad. Más tarde supe que se convirtió en un gran filatelista, el mayor coleccionista de sellos de colonias inglesas después del ingeniero Dellepiane. (Nunca olvidaré los tigres malayos: Perlis, Selangor, Sabah, Sarawak, Johor, Kedah, Negeri Sembilan, Pehang, Perak; ¡qué sellos tan bellos!)
—Maestro, basta de distracciones —dijo Miranda desde algún sitio en las profundidades del gabán—. Está gastando el tiempo que le queda.
—Tengo más. —Pero tras revisar todos los bolsillos de mi cuerpo supe que no había tiempo extra. Y mis fieles ya se habían congregado en la nave central, ansiosos y turbulentos—. No me queda más tiempo —admití.
Lo peor del caso es que hubiera necesitado ese tiempo para revisar mi sueño y por lo tanto no habría más remedio que presentarlo como estaba; confiaría en que no advirtieran el desgaste. Alcé la vista hacia la luz que se filtraba por la ventana y bebí un largo trago de silencio. Satisfecho, me calcé la piel ritual y sentí cómo devoraba hasta el chaleco de casimir inglés de mi traje de tres piezas y se ajustaba a mi cuerpo escamoso. Di dos pesados pasos para alcanzar la puerta que comunicaba mis habitaciones privadas con la gran sala en la que ya estaban reunidos mis fieles, corrí la cortina y los observé: inocentes como ovejas, mansos como jilgueros, impotentes como peces. Entrechoqué las garras con deleite, ante la mirada atónita del monstruo de ojos azules de la olla de titanio. Di otros cuatro pasos y avancé hacia el púlpito. Un murmullo de sumisión inundó el recinto. Abrí las fauces y escupí mi sueño. El veneno que contenía se esparció por el aire y los paralizó. Pensé una vez más en Miranda, en la ferocidad con la que la poseería luego de saciarme, y avancé hacia la manada absorta.
—¡Alabado sea el señor! —fueron sus últimas palabras.
Caminé entre las apretadas filas de cuerpos húmedos y tibios y luego de prolongar el placer de la espera durante varios minutos, elegí a mis víctimas con esmero. Nunca como menos de tres, pero ese día estaba eufórico y seleccioné cinco. Miranda sonrió y Leiber los arrastró hasta la olla sin dificultad. ¡Qué fuerte es, por Dios!

El aprendiz – Héctor Ranea



Cierto día, el señor Xiu Xhi Xzu se sintió molesto consigo mismo. No es que la molestia le hubiese venido como viene una enfermedad, con un síntoma de dolor o malestar intenso, preciso, localizado o como un accidente que ocurre cuando algo cae desde la azotea de un vecino o vuela un parasol impulsado por una corriente de aire ascendente en la playa, más bien le vino de a poco, como una marea de sensaciones cada vez más molestas o como el silencio que viene en las grandes ciudades, que nunca tiene final ni comienzo abrupto. Eso es, tuvo una sensación crepuscular de molestia consigo mismo. ¿Queda claro que no fue una epifanía? Fue sencillo, de consecuencias enormes para él, dada su condición, pero simple como la flor de cerezo que ensayaba dibujar todas las tardes y evitaba hacerlo todos los siguientes días.
Sacó cuentas y, dada la soledad en la que vivía (o transcurría) cuando no trabajaba, era factible ir a una de esas instituciones especiales de entrenamiento para generación de aptitudes. De hecho, en el subte había visto varias veces avisos sobre una en particular que anunciaba que podía, por su condición, ser becado o al menos podría solicitar un crédito de estudio.
Estos créditos de estudio eran un verdadero dolor de cabeza aunque, llegado el caso, era mejor que quedarse sin hacer otra cosa que este trabajo de porquería y de cuatro a la hora. Él quería llegar a bastante más y, aunque sus probabilidades eran escasas, formar una familia. Después de todo no tenía que sentirse limitado por nada. Lo había dicho el Presidente, o al menos él había entendido que así sería.
Tal vez desde que escuchó ese discurso, inflamado de palabras tan severas, emotivas, llenas de orgullo genuino, él comenzó a sentir ese malestar que lo empujaba a ser más, a tener otras habilidades. ¿Cómo no lo había pensado antes? Sólo eso lo convenció de que aquel hombre era un Presidente importante. Estaba diciendo algo que todos debieron decir desde antes, pero no lo habían dicho. Todo eso pensaba Xiu Xhi Xzu mientras viajaba y por cierto, tenía un viaje largo.
Su trabajo ni era cómodo, ni se desarrollaba en un lugar cómodo, a menos que uno tuviera su propio método de locomoción. Pero de nuevo, si lo tuviera, seguramente no tendría ese trabajo. De hecho, todos los que trabajaban ahí viajaban en alguno de los sistemas de naves, de subtes o, como lo hacía él, en buses gigantescos y subterráneos, bastante parecidos a trenes.
El lugar donde trabajaba era inmenso y, paradójico o no, muy silencioso. Era uno de los orgullos de los constructores de esa planta; habían llevado a varios ciegos a cien metros de los edificios periféricos y éstos no notaron ruido alguno. Por contrapartida, allí nadie hablaba con nadie, nadie reía, nadie lloraba, nadie se quejaba. Era una inmensa máquina en la que los obreros mutaban sin chistar toda vez que tomaban su turno.
Algunos de los que trabajaban ahí cumplían tareas más interesantes que él. Por eso Xiu Xhi quería progresar. Era cuestión de ahorrar para comprar algunos elementos importantes y aprender. Él tenía que aprender. ¿Aprendería? Apenas sabía lo que era aprender. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que aprendió algo y eso fue destapar cañerías de cloacas. ¿Le darían permiso para aprender? En cierta forma se lo había ganado, era infaltable. No había condición en que pudiera faltar. No importaba si llovía, si hacía un calor de tostadora, si la nieve obturaba hasta los respiraderos de la fábrica, o si el polvo del tórrido verano atestaba las narinas y las dejaba sofocadas, él siempre llegaba al trabajo, pero además de llegar, era puntual. Puntualísimo. Un reloj atómico hubiera sido impreciso. Sabía cuándo tenía que salir para llegar a tiempo en cada condición climática. Por eso, el día antes planeaba su viaje cuidadosamente, para no fallar, no llegar tarde, no tener inconvenientes con accidentes de ningún tipo.
Dormía poco pero bien. Tenía carga todo el día gracias a esas pocas horas de descanso y, con el trabajo que tenía por delante, a veces terminaba exhausto. Pero el viaje de regreso y el descanso subsiguiente, con una buena alimentación, hacían milagros para el día después. Además, desde la eliminación de los domingos y los descansos, él trabajaba aún mejor que antes. Le tocaba limpiar a fondo los noventa baños de los treinta pisos del sector C de la séptima torre de la compañía, en dos semanas terminaba el ciclo y cuando los recomenzaba se notaba que el personal de mantenimiento había realizado una tarea aproximativa, de mero lavado de cara. Él tenía que dejar impecables los aparatos, el piso, las bocas de aire y, sobre todo, los mingitorios, que eran los que la compañía valoraba más como focos de posibles infecciones. Sólo un especialista como Xiu Xhi podía dejar estos artefactos con el nivel de sanidad imprescindible. Más que eso, era siempre felicitado por su actividad impecable. De eso sí podría hablar si quisiera, de los mingitorios. Tenía para horas si lo entrevistaran los de personal. Horas. Sabía de las formas de orinar como nadie entre los cientos de empleados de limpieza, de los generentes, los que atendían al público. Era un experto en la operación de extraer el miembro y mear contra la loza. Podríamos describir su sapiencia señalando la Enciclopedia Británica si no fuera porque Google, como dice un amigo, se la devoró.
Había comenzado limpiando los vidrios de los ventanales de la torre J desde el piso 900 al 907. El ciclo completo le llevaba más de tres meses, pero todos querían trabajar en esas oficinas porque recibían entre el 1 y el 2 por ciento más de luz durante el día. Algunos restoranes querían situarse en el 905 pues de noche se veía más lejos gracias al estado de las ventanas y eso era muy apreciado por los clientes. Estos elogios no eran comunes, así que Xiu Xhi fue promovido rápidamente, aunque hacía ya un tiempo que quería moverse del sector baños pero sus jefes no querían ni hablar porque no habían formado nadie como él, con tal prolija sensación de pulcritud y obsesiva pasión por la higiene. Era un as que no querían entregar al sector de comedores.
Que sería lo que Xiu, por su parte, esperaba. Porque, pensaba, de tocarle la limpieza de planchas de asar, ollas, cacerolas, sartenes, hornos, utensilios podría, tal vez, aprender el oficio de cocinero. Al menos mirándolos trabajar a ellos. Después vería de obtener los certificados correspondientes, pero primero habría que saber lo que marcaría la diferencia. Aparte de eso, saber siempre le había dado reconfortables elogios. Saber de fisiología de la deposición de excrementos le había ayudado a limpiar mejor los aparatos, pues podía buscar suciedad donde nadie se imaginaría, de no ser que supiera cuáles características debía suponer, conocer o incluso intuir.
En eso consistía parte de su éxito. Conocer a las palomas, a la dinámica de los vientos, al contenido de sílice de los mismos, le había ayudado con sus puertas y ventanas. Las puertas en la casa de su primer empleador, las ventanas en la compañía. Ningún otro limpia-ventanas podía superarlo porque él adivinaba las inclemencias, sabía dónde buscar suciedad y por ende cómo limpiarla. Sabía qué hacer cuando nevaba y qué debía ser hecho si la tormenta era de viento, a pesar de que a las alturas que él trabajaba las nubes apenas podían rozar al edificio, ya que conocía qué ionización producían las diferentes nubes y por ende cómo dañaban a la superficie de cada rincón de la ventana. Porque él era limpia-ventanas, no un limpia vidrios, como los demás, y por ello no podía ser alcanzado en su excelencia.
La perplejidad acosaba a Xiu, sin embargo, pues él sabía que no había aprendido esas cosas, estaba convencido de que habían sido transferidas a sus manos, a su cuerpo, a su cabeza, por así decirlo, en forma diferente al aprendizaje. Por eso tenía tantos problemas con su nueva intención: si no había aprendido nada desde la escuela, ¿cómo haría para aprender el oficio que a él tanto le interesaba? Esa perplejidad no era nueva ni positiva, ya que podría distraerlo en el momento culminante de hacer brillar una cacerola como nunca nadie lo había hecho. De modo que, para él, este trascendental paso era, además, bastante engorroso.
Obviamente, comentarios como estos se conocían en los corrillos de todas las torres de la compañía y Xiu no era inmune a los mismos, con lo cual comenzó a maquinar que no era imposible llegar a la promoción. Pero los Jefes de personal no querían perder semejante empleado, por lo que hacían oídos sordos a esos rumores. Los de la cocina deberían esperar aunque fuera ahí que quería Xiu llegar.
Él pensaba que entre la limpieza de planchas y cacerolas, el enjuague de sartenes y coladores de pasta, el fregado de tablas de picar verduras, que debe diferir de las tablas de descamar pescados o de filetear pollos y cuya limpieza requería aún más detalle que las de tallar carne y que entre los diversos utensilios de cocina y las tablas de picar, de descamar pescados, de aplastar ajos o preparar curry o platillos de aperitivos, podría aprender algo del arte de cocinar, que le era completamente desconocido. Pensaba Xiu que eso respondería a su pregunta de si era o no capaz de aprender algo. Después vería de certificarlo como correspondía.
Los certificados eran esos objetos que los jefes no querían que sus subordinados obtuvieran, sobre todo aquellos como Xiu que era tan bueno limpiando ventanas. Pero un día la orden llegó. Un jefe superior quería que Xiu Xhi Xzu fuese quien le limpiaría platos, cubiertos, copas y jarras, porque había oído de sus dotes de limpiador de mingitorios, de pulidor de ventanas y quería saber cómo sabrían los filetes de cerdo asados en las planchas que limpiaba Xiu o quería saber cómo sabría el vino en las copas lavadas por las manos de Xiu. Los jefes de la sección de ventanas lloraron en la despedida de Xiu, que sabía que nunca más regresaría.
La cocina era la maravilla que Xiu había entrevisto. Todo el tiempo volando vapores, olores, cuerpos de animales muertos mutilados, llamaradas aquí y allá, succión de aire, ventilación de hombros, de hornos que trinaban a cada rato y él junto a otros, en las bateas, apenas con tiempo para mirar por sobre el hombro (el izquierdo, para más datos) y tratar de copiar cada movimiento de cada una de las personas. Los cocineros, las cocineras, bailando una suerte de danza muy precisa, en la que nada parecía ordenado y, sin embargo, ningún movimiento era producto del azar. Hasta las llamaradas de aceite quemado o agua emulsionada parecían ordenadas, como cabelleras que, aún a merced del viento, estuvieran meticulosamente peinadas por un autista, pelo por pelo.
Xiu, extasiado pensaba cuándo sería él miembro de una corte similar. Una troupe que, en lugar de representar dramas, comedias o kabuki, representara la cocción de algo impresionante, algo realmente conmovedor. Cien platos de pato pekinés, cien platos de carrillos de carnero en salsa tártara, cuadriles de pavo de Malasia en costra de vegetales horneados, cientos miles de platillos, tapas, comidas, servicio de agua, de vino, de cervezas, de pan de Francia, de filón toscazo, de panqueques, de carne empanada vienesa, todas esas cosas que veía Xiu sin saber su nombre todavía porque él estaba apenas en el primer escalón de lavadores de platos. Enjabonaba, restregaba, enjuagaba. Y repetía cientos y cientos de veces los movimientos.
Para la semana tenía ya tan ensayados todos esos movimientos que no sólo los repetía en su mente mientras viajaba en el subterráneo desde la parada Arroyo Muerto hasta Guerreros Verdes, en la otra punta de la gran megalópolis, sino que también lo ensayaba a veces con los instrumentos que le daban a lavar. Su celeridad, minuciosidad, presentación y carácter durante el acto le valieron subir dos escalones en ese territorio y pasó a tareas de gran responsabilidad, como la de lavar los sistemas de cocción más directa, desinfectar los cubiertos y en menos de un mes era el primer lavador oficial, con responsabilidad sobre la pulcritud de la sala.
Eso implicaba cuestiones importantes a tener en cuenta mientras lavaba las cosas más riesgosas, como las hojas de las cortadoras de verduras, los recovecos de las máquinas de moler carne, los bowls para levantar la crema y, por si esto fuera poco, el estado de las copas de vino (que no tuvieran marcas de usuarios anteriores, ni manchas de sarro u otro tipo de cuestiones estéticas y de higiene que podrían ser importantes, por ejemplo). Si bien el salario era el mismo, Xiu lo tomaba con alegría. No tenía elección, claro. Y él estaba convencido que, con los años, lo sumarían al equipo de cocineros.
Entre tanto, él trataba de observar todo y se daba cuenta de que estaba aprendiendo. De que, en realidad, por alguna circunstancia que nadie le había aclarado, todo su sistema de aprendizaje estaba funcionando sin agentes externos. Para él era un descubrimiento placentero que lo dejaba de buen humor en cuanto lo recordaba, cosa que podía ocurrir hasta dos veces por día, si se incluía las madrugadas, que era cuando él repasaba todo lo registrado en la cocina. Estaba seguro de lograr ser admitido entre quienes danzaban esa suave danza de las cocciones urgentes.
Xiu Xhi Xzu tuvo lo que quiso. La oportunidad vino casi caminando, no necesitó demasiada imaginación. Un furibundo mediodía de agosto, en medio de uno de los servicios completos, el ayudante del segundo chef se descompuso. Cayó al piso sin aviso ni atenuantes. Simplemente se desplomó. Tuvieron que llevarlo a una sala de emergencias en medio del ajetreo de esa colmena en medio de nieblas de vapor, de emulsiones de aceite y llamaradas de alcohol quemándose en sartenes infernales. No podían parar el servicio, de modo que, sin mediar palabra alguna, el jefe lo tomó a Xiu Xhi del lugar que ocupaba en las bachas de lavado y le puso sin preguntarle una chaqueta limpia, le pidió que se lavara las manos con un gesto y, mientras él lo hacía, le colocó un birrete, acomodándole el pelo para que entrase en él. Cuando estuvo seguro de tener eso dominado, le señaló una gran fuente con verduras de hoja a las que, evidentemente, había que lavar. Xiu Xhi Xzu era consciente del problema: si tardaba demasiado restrasaría todo el servicio, practicamente y si lavaba con poco cuidado podría pasársele algún bicho poco agradable, cosa inadmisible. Pero la observación había hecho que Xiu conociera la técnica precisa, aunque además la mejoró usando, justamente, la paciencia y controlando la ansiedad. Entonces fue pulcro y, a la vez, rápido.
El accidentado estuvo fuera varios meses porque su salida se debió a causas graves, de modo que, en ese tiempo, todos tuvieron su oportunidad, especialmente Xiu Xhi. Su capacidad fue anotada por todos los jefes y decidieron ponerlo a prueba como ayudante de cocinero y finalmente, ayudante del segundo de cocina y éste le permitió preparar un plato muy especial, cosa que Xiu hizo tan bien que el chef decidiera otorgarle una beca para ser cocinero con toda la regla. Xiu Xhi Xzu había logrado su objetivo.
Entró a lo grande. Su debut como cocinero fue apoteótico. Lo aclamaron esa vez y desde entonces, siempre. No paró hasta ser cocinero del Presidente, nada menos. Era la primera vez en la historia que un autómata robótico llegaba a tanto. Agigantado su ego, Xiu Xhi Xzu se puso a buscar pareja pero grande fue su enojo cuando las autoridades sanitarias le informaron que no podía pues no estaba previsto el matrimonio entre androides. Se suicidó sumergiendo la cabeza en aceite hirviendo. La explosión de sus nanocircuitos fue leve, como había sido su vida. El Presidente se entristeció mucho al conocer la determinación de Xiu.
—Nadie preparaba sushi de tortilla como él, dicen que dijo.