lunes, 23 de julio de 2012

El aprendiz – Héctor Ranea



Cierto día, el señor Xiu Xhi Xzu se sintió molesto consigo mismo. No es que la molestia le hubiese venido como viene una enfermedad, con un síntoma de dolor o malestar intenso, preciso, localizado o como un accidente que ocurre cuando algo cae desde la azotea de un vecino o vuela un parasol impulsado por una corriente de aire ascendente en la playa, más bien le vino de a poco, como una marea de sensaciones cada vez más molestas o como el silencio que viene en las grandes ciudades, que nunca tiene final ni comienzo abrupto. Eso es, tuvo una sensación crepuscular de molestia consigo mismo. ¿Queda claro que no fue una epifanía? Fue sencillo, de consecuencias enormes para él, dada su condición, pero simple como la flor de cerezo que ensayaba dibujar todas las tardes y evitaba hacerlo todos los siguientes días.
Sacó cuentas y, dada la soledad en la que vivía (o transcurría) cuando no trabajaba, era factible ir a una de esas instituciones especiales de entrenamiento para generación de aptitudes. De hecho, en el subte había visto varias veces avisos sobre una en particular que anunciaba que podía, por su condición, ser becado o al menos podría solicitar un crédito de estudio.
Estos créditos de estudio eran un verdadero dolor de cabeza aunque, llegado el caso, era mejor que quedarse sin hacer otra cosa que este trabajo de porquería y de cuatro a la hora. Él quería llegar a bastante más y, aunque sus probabilidades eran escasas, formar una familia. Después de todo no tenía que sentirse limitado por nada. Lo había dicho el Presidente, o al menos él había entendido que así sería.
Tal vez desde que escuchó ese discurso, inflamado de palabras tan severas, emotivas, llenas de orgullo genuino, él comenzó a sentir ese malestar que lo empujaba a ser más, a tener otras habilidades. ¿Cómo no lo había pensado antes? Sólo eso lo convenció de que aquel hombre era un Presidente importante. Estaba diciendo algo que todos debieron decir desde antes, pero no lo habían dicho. Todo eso pensaba Xiu Xhi Xzu mientras viajaba y por cierto, tenía un viaje largo.
Su trabajo ni era cómodo, ni se desarrollaba en un lugar cómodo, a menos que uno tuviera su propio método de locomoción. Pero de nuevo, si lo tuviera, seguramente no tendría ese trabajo. De hecho, todos los que trabajaban ahí viajaban en alguno de los sistemas de naves, de subtes o, como lo hacía él, en buses gigantescos y subterráneos, bastante parecidos a trenes.
El lugar donde trabajaba era inmenso y, paradójico o no, muy silencioso. Era uno de los orgullos de los constructores de esa planta; habían llevado a varios ciegos a cien metros de los edificios periféricos y éstos no notaron ruido alguno. Por contrapartida, allí nadie hablaba con nadie, nadie reía, nadie lloraba, nadie se quejaba. Era una inmensa máquina en la que los obreros mutaban sin chistar toda vez que tomaban su turno.
Algunos de los que trabajaban ahí cumplían tareas más interesantes que él. Por eso Xiu Xhi quería progresar. Era cuestión de ahorrar para comprar algunos elementos importantes y aprender. Él tenía que aprender. ¿Aprendería? Apenas sabía lo que era aprender. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que aprendió algo y eso fue destapar cañerías de cloacas. ¿Le darían permiso para aprender? En cierta forma se lo había ganado, era infaltable. No había condición en que pudiera faltar. No importaba si llovía, si hacía un calor de tostadora, si la nieve obturaba hasta los respiraderos de la fábrica, o si el polvo del tórrido verano atestaba las narinas y las dejaba sofocadas, él siempre llegaba al trabajo, pero además de llegar, era puntual. Puntualísimo. Un reloj atómico hubiera sido impreciso. Sabía cuándo tenía que salir para llegar a tiempo en cada condición climática. Por eso, el día antes planeaba su viaje cuidadosamente, para no fallar, no llegar tarde, no tener inconvenientes con accidentes de ningún tipo.
Dormía poco pero bien. Tenía carga todo el día gracias a esas pocas horas de descanso y, con el trabajo que tenía por delante, a veces terminaba exhausto. Pero el viaje de regreso y el descanso subsiguiente, con una buena alimentación, hacían milagros para el día después. Además, desde la eliminación de los domingos y los descansos, él trabajaba aún mejor que antes. Le tocaba limpiar a fondo los noventa baños de los treinta pisos del sector C de la séptima torre de la compañía, en dos semanas terminaba el ciclo y cuando los recomenzaba se notaba que el personal de mantenimiento había realizado una tarea aproximativa, de mero lavado de cara. Él tenía que dejar impecables los aparatos, el piso, las bocas de aire y, sobre todo, los mingitorios, que eran los que la compañía valoraba más como focos de posibles infecciones. Sólo un especialista como Xiu Xhi podía dejar estos artefactos con el nivel de sanidad imprescindible. Más que eso, era siempre felicitado por su actividad impecable. De eso sí podría hablar si quisiera, de los mingitorios. Tenía para horas si lo entrevistaran los de personal. Horas. Sabía de las formas de orinar como nadie entre los cientos de empleados de limpieza, de los generentes, los que atendían al público. Era un experto en la operación de extraer el miembro y mear contra la loza. Podríamos describir su sapiencia señalando la Enciclopedia Británica si no fuera porque Google, como dice un amigo, se la devoró.
Había comenzado limpiando los vidrios de los ventanales de la torre J desde el piso 900 al 907. El ciclo completo le llevaba más de tres meses, pero todos querían trabajar en esas oficinas porque recibían entre el 1 y el 2 por ciento más de luz durante el día. Algunos restoranes querían situarse en el 905 pues de noche se veía más lejos gracias al estado de las ventanas y eso era muy apreciado por los clientes. Estos elogios no eran comunes, así que Xiu Xhi fue promovido rápidamente, aunque hacía ya un tiempo que quería moverse del sector baños pero sus jefes no querían ni hablar porque no habían formado nadie como él, con tal prolija sensación de pulcritud y obsesiva pasión por la higiene. Era un as que no querían entregar al sector de comedores.
Que sería lo que Xiu, por su parte, esperaba. Porque, pensaba, de tocarle la limpieza de planchas de asar, ollas, cacerolas, sartenes, hornos, utensilios podría, tal vez, aprender el oficio de cocinero. Al menos mirándolos trabajar a ellos. Después vería de obtener los certificados correspondientes, pero primero habría que saber lo que marcaría la diferencia. Aparte de eso, saber siempre le había dado reconfortables elogios. Saber de fisiología de la deposición de excrementos le había ayudado a limpiar mejor los aparatos, pues podía buscar suciedad donde nadie se imaginaría, de no ser que supiera cuáles características debía suponer, conocer o incluso intuir.
En eso consistía parte de su éxito. Conocer a las palomas, a la dinámica de los vientos, al contenido de sílice de los mismos, le había ayudado con sus puertas y ventanas. Las puertas en la casa de su primer empleador, las ventanas en la compañía. Ningún otro limpia-ventanas podía superarlo porque él adivinaba las inclemencias, sabía dónde buscar suciedad y por ende cómo limpiarla. Sabía qué hacer cuando nevaba y qué debía ser hecho si la tormenta era de viento, a pesar de que a las alturas que él trabajaba las nubes apenas podían rozar al edificio, ya que conocía qué ionización producían las diferentes nubes y por ende cómo dañaban a la superficie de cada rincón de la ventana. Porque él era limpia-ventanas, no un limpia vidrios, como los demás, y por ello no podía ser alcanzado en su excelencia.
La perplejidad acosaba a Xiu, sin embargo, pues él sabía que no había aprendido esas cosas, estaba convencido de que habían sido transferidas a sus manos, a su cuerpo, a su cabeza, por así decirlo, en forma diferente al aprendizaje. Por eso tenía tantos problemas con su nueva intención: si no había aprendido nada desde la escuela, ¿cómo haría para aprender el oficio que a él tanto le interesaba? Esa perplejidad no era nueva ni positiva, ya que podría distraerlo en el momento culminante de hacer brillar una cacerola como nunca nadie lo había hecho. De modo que, para él, este trascendental paso era, además, bastante engorroso.
Obviamente, comentarios como estos se conocían en los corrillos de todas las torres de la compañía y Xiu no era inmune a los mismos, con lo cual comenzó a maquinar que no era imposible llegar a la promoción. Pero los Jefes de personal no querían perder semejante empleado, por lo que hacían oídos sordos a esos rumores. Los de la cocina deberían esperar aunque fuera ahí que quería Xiu llegar.
Él pensaba que entre la limpieza de planchas y cacerolas, el enjuague de sartenes y coladores de pasta, el fregado de tablas de picar verduras, que debe diferir de las tablas de descamar pescados o de filetear pollos y cuya limpieza requería aún más detalle que las de tallar carne y que entre los diversos utensilios de cocina y las tablas de picar, de descamar pescados, de aplastar ajos o preparar curry o platillos de aperitivos, podría aprender algo del arte de cocinar, que le era completamente desconocido. Pensaba Xiu que eso respondería a su pregunta de si era o no capaz de aprender algo. Después vería de certificarlo como correspondía.
Los certificados eran esos objetos que los jefes no querían que sus subordinados obtuvieran, sobre todo aquellos como Xiu que era tan bueno limpiando ventanas. Pero un día la orden llegó. Un jefe superior quería que Xiu Xhi Xzu fuese quien le limpiaría platos, cubiertos, copas y jarras, porque había oído de sus dotes de limpiador de mingitorios, de pulidor de ventanas y quería saber cómo sabrían los filetes de cerdo asados en las planchas que limpiaba Xiu o quería saber cómo sabría el vino en las copas lavadas por las manos de Xiu. Los jefes de la sección de ventanas lloraron en la despedida de Xiu, que sabía que nunca más regresaría.
La cocina era la maravilla que Xiu había entrevisto. Todo el tiempo volando vapores, olores, cuerpos de animales muertos mutilados, llamaradas aquí y allá, succión de aire, ventilación de hombros, de hornos que trinaban a cada rato y él junto a otros, en las bateas, apenas con tiempo para mirar por sobre el hombro (el izquierdo, para más datos) y tratar de copiar cada movimiento de cada una de las personas. Los cocineros, las cocineras, bailando una suerte de danza muy precisa, en la que nada parecía ordenado y, sin embargo, ningún movimiento era producto del azar. Hasta las llamaradas de aceite quemado o agua emulsionada parecían ordenadas, como cabelleras que, aún a merced del viento, estuvieran meticulosamente peinadas por un autista, pelo por pelo.
Xiu, extasiado pensaba cuándo sería él miembro de una corte similar. Una troupe que, en lugar de representar dramas, comedias o kabuki, representara la cocción de algo impresionante, algo realmente conmovedor. Cien platos de pato pekinés, cien platos de carrillos de carnero en salsa tártara, cuadriles de pavo de Malasia en costra de vegetales horneados, cientos miles de platillos, tapas, comidas, servicio de agua, de vino, de cervezas, de pan de Francia, de filón toscazo, de panqueques, de carne empanada vienesa, todas esas cosas que veía Xiu sin saber su nombre todavía porque él estaba apenas en el primer escalón de lavadores de platos. Enjabonaba, restregaba, enjuagaba. Y repetía cientos y cientos de veces los movimientos.
Para la semana tenía ya tan ensayados todos esos movimientos que no sólo los repetía en su mente mientras viajaba en el subterráneo desde la parada Arroyo Muerto hasta Guerreros Verdes, en la otra punta de la gran megalópolis, sino que también lo ensayaba a veces con los instrumentos que le daban a lavar. Su celeridad, minuciosidad, presentación y carácter durante el acto le valieron subir dos escalones en ese territorio y pasó a tareas de gran responsabilidad, como la de lavar los sistemas de cocción más directa, desinfectar los cubiertos y en menos de un mes era el primer lavador oficial, con responsabilidad sobre la pulcritud de la sala.
Eso implicaba cuestiones importantes a tener en cuenta mientras lavaba las cosas más riesgosas, como las hojas de las cortadoras de verduras, los recovecos de las máquinas de moler carne, los bowls para levantar la crema y, por si esto fuera poco, el estado de las copas de vino (que no tuvieran marcas de usuarios anteriores, ni manchas de sarro u otro tipo de cuestiones estéticas y de higiene que podrían ser importantes, por ejemplo). Si bien el salario era el mismo, Xiu lo tomaba con alegría. No tenía elección, claro. Y él estaba convencido que, con los años, lo sumarían al equipo de cocineros.
Entre tanto, él trataba de observar todo y se daba cuenta de que estaba aprendiendo. De que, en realidad, por alguna circunstancia que nadie le había aclarado, todo su sistema de aprendizaje estaba funcionando sin agentes externos. Para él era un descubrimiento placentero que lo dejaba de buen humor en cuanto lo recordaba, cosa que podía ocurrir hasta dos veces por día, si se incluía las madrugadas, que era cuando él repasaba todo lo registrado en la cocina. Estaba seguro de lograr ser admitido entre quienes danzaban esa suave danza de las cocciones urgentes.
Xiu Xhi Xzu tuvo lo que quiso. La oportunidad vino casi caminando, no necesitó demasiada imaginación. Un furibundo mediodía de agosto, en medio de uno de los servicios completos, el ayudante del segundo chef se descompuso. Cayó al piso sin aviso ni atenuantes. Simplemente se desplomó. Tuvieron que llevarlo a una sala de emergencias en medio del ajetreo de esa colmena en medio de nieblas de vapor, de emulsiones de aceite y llamaradas de alcohol quemándose en sartenes infernales. No podían parar el servicio, de modo que, sin mediar palabra alguna, el jefe lo tomó a Xiu Xhi del lugar que ocupaba en las bachas de lavado y le puso sin preguntarle una chaqueta limpia, le pidió que se lavara las manos con un gesto y, mientras él lo hacía, le colocó un birrete, acomodándole el pelo para que entrase en él. Cuando estuvo seguro de tener eso dominado, le señaló una gran fuente con verduras de hoja a las que, evidentemente, había que lavar. Xiu Xhi Xzu era consciente del problema: si tardaba demasiado restrasaría todo el servicio, practicamente y si lavaba con poco cuidado podría pasársele algún bicho poco agradable, cosa inadmisible. Pero la observación había hecho que Xiu conociera la técnica precisa, aunque además la mejoró usando, justamente, la paciencia y controlando la ansiedad. Entonces fue pulcro y, a la vez, rápido.
El accidentado estuvo fuera varios meses porque su salida se debió a causas graves, de modo que, en ese tiempo, todos tuvieron su oportunidad, especialmente Xiu Xhi. Su capacidad fue anotada por todos los jefes y decidieron ponerlo a prueba como ayudante de cocinero y finalmente, ayudante del segundo de cocina y éste le permitió preparar un plato muy especial, cosa que Xiu hizo tan bien que el chef decidiera otorgarle una beca para ser cocinero con toda la regla. Xiu Xhi Xzu había logrado su objetivo.
Entró a lo grande. Su debut como cocinero fue apoteótico. Lo aclamaron esa vez y desde entonces, siempre. No paró hasta ser cocinero del Presidente, nada menos. Era la primera vez en la historia que un autómata robótico llegaba a tanto. Agigantado su ego, Xiu Xhi Xzu se puso a buscar pareja pero grande fue su enojo cuando las autoridades sanitarias le informaron que no podía pues no estaba previsto el matrimonio entre androides. Se suicidó sumergiendo la cabeza en aceite hirviendo. La explosión de sus nanocircuitos fue leve, como había sido su vida. El Presidente se entristeció mucho al conocer la determinación de Xiu.
—Nadie preparaba sushi de tortilla como él, dicen que dijo.

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