domingo, 17 de febrero de 2013

Fritz (Un cuento de hadas) - Daniel Frini

¿Conocen La Cumbrecita? 
Está bien ¿porqué iban a conocerla? Es una villa turística —y cito la página web; que, por cierto, muestra unas hermosas fotografías— ubicada en el Valle de Calamuchita, en la vertiente oriental de las Sierras Grandes y a unos mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Está enclavada entre los cerros, en un pequeño valle con forma de anfiteatro que le confiere un clima especial, a unos cuarenta kilómetros de Villa General Belgrano (Sí, sí: la misma de la Oktoberfest). Es un pueblo en el que no se permite la circulación de vehículos, no hay bancos y se respira paz a pulmones llenos. Fue poblada por alemanes llegados después de la Guerra, que le dieron un sesgo centroeuropeo a todas las construcciones. Una villa de los Alpes austríacos en plenas sierras de Córdoba. 
Allá por fines de los setenta y principios de los ochenta compitió seriamente en mi escala de valores por ser mi lugar en el mundo. Solía pensar que, después de mi muerte y de que me cremaran, me gustaría que el viento llevase mis cenizas para esa tierra que amaba. Hoy ya no. Ahora es demasiado «turística». No es que reniegue de eso que, al fin y al cabo, es una grata manera de ganarse la vida; pero a mi me gustaba aquella de hace más de treinta años, más ignota, más silvestre, más a mi medida. 
Acostumbrábamos a pasar allí algunos días de los veranos, en carpa y en plan de mochileros, de este lado del Río del Medio, a metros del puente de madera, entre espinillos y piedras del tamaño de un camión, sin ningún servicio a la vista; pero inmensamente felices. Ahora, allí hay una oficina de informes y una gran playa de estacionamiento, donde dejar los autos antes de entrar caminando al poblado. Siempre fue un placer caminar por esos añejos bosques de pinos donde era muy probable que no entrase nadie, salvo animales, desde hacía una década. Solíamos ir a caballo hasta el Vallecito del Abedul o hasta el Peñón del Águila e incluso nos topamos con un campo nudista camino de las Casas Viejas; en plenos años de fuego, aún antes de la Guerra, cuando solo por decir «culo» en público podías dormir una o dos noches a la sombra. 
Hay una excursión que yo disfrutaba especialmente: después de cruzar el puente, se sube a pie por la calle principal, pasando frente a Edelweiss y a la cabaña de Am Hang, hasta la Plaza del Ajedrez. En lugar de continuar por el camino (a izquierda o derecha) se sigue al frente, cruzando el bosque, pasando por el pie del pequeño cerro donde está la Capilla, hasta cerca de la Olla del arroyo Almbach. Desde allí, tomando a la izquierda, corriente arriba, por una vereda de unos cincuenta centímetros de ancho, la montaña a un lado y del otro un barranco de más de diez metros, con el arroyo cristalino al fondo, se llega al pie de la Cascada Grande, después de una hora y media de caminata. 
La primera vez que hice ese recorrido era un día gris y muy fresco de mediados de otoño, con las nubes bajas, casi una niebla, y la humedad condensándose en las ramas de los pinos. Cerca del final del camino encontré una fina llovizna (a mitades iguales caída desde las nubes y proveniente del golpe del agua contra las piedras de la base de la cascada) que mojaba y resaltaba toda la vegetación del pequeño paisaje, incluso los grandes helechos que acariciaban mi cara al pasar. Las cumbres de las altas paredes de piedra se perdían en las nubes, lo que hacía que pareciesen infinitamente altas. Debo haberme quedado sentado en las piedras, con los pies en el agua fría, más de una hora, acunado por el sonido sordo del agua. Pero no fue esa vez cuando vi lo que quiero contarles. 
Toda esta larga introducción es para situarlos en la geografía donde, unos tres o cuatro años más tarde, otro día también de otoño y bien temprano en la mañana (me habían dicho que era el mejor momento para ver las mismas paredes que enmarcan la Cascada, pero ahora doradas con ese primer sol algo lánguido que suele darse en abril), encontré a Fritz. 
Debo decirles que este no era ―o es, no lo sé— el nombre real; el que, por otra parte, nunca supe. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera: a lo largo de la cornisa en que se convierten los últimos cien o doscientos metros de camino, hay innumerables manantiales que salen de la montaña, cruzan la vereda por la que se va caminando y resbalan hasta el cauce de agua, allá abajo. Los hay pequeños, casi gotas, y los hay más copiosos. Algunos son más constantes y otros aparecen y desaparecen según les venga en gana. Uno en particular, mediano, entorpece levemente el paso entre dos piedras, por lo que se debe andar con algo más de cuidado para no resbalar en el verdín que cubre el camino. Estaba cruzando esa vertiente y mirando al suelo para no errar la pisada, mientras me aferraba a alguna rama; cuando algo pasó, casi un fantasma, frente a mis ojos. Crucé y, más afirmado, giré para ver qué me había molestado. No vi nada. Avancé unos diez metros y algo me rozó la mejilla. Esta vez sí. Lo descubrí un poco más arriba de mis ojos, a no más de un metro de distancia, flotando sobre el precipicio. 
La forma más sencilla de hacerme entender, es decir que vi un hada. Algo del estilo de la Campanita de Peter Pan, pero de unos treinta centímetros de alto. Sus alas desplegadas medían más o menos tanto como su altura y estaban ajadas, amarillentas y rotas (lo vi más tarde) pero las agitaba vigorosamente para mantenerse en el aire. 
No era un gnomo puesto que tenía alas. No era un ángel porque su tamaño era de más o menos un sexto del que imagino deben tener (la de una persona normal si nos atenemos a las convenciones, y nos olvidamos que en la Bizancio del siglo XV discutían sobre su tamaño y cuántos entraban en la cabeza de un alfiler). No era, según he consultado en tantos libros desde entonces, ni un elfo, ni un troll, ni un duende, y tampoco un querubín. 
Siempre supuse que las hadas eran de género femenino. Podían ser pequeñas o grandes, tener o no tener alas, ser buenas o malas; pero mujeres. Incluso lo son en las fotografías —trucadas o no― que tomara Sir Arthur Wright en Cottingley. Ahora bien, lo extraño es que este hada era un hombre. ¿Cómo lo llamarían ustedes? ¿hada macho? ¿hado? A falta de mayores datos e influenciado por el ambiente germánico que me rodeaba, lo llamé Fritz. 
Su cabeza era grande, desproporcionada para su cuerpo y pelada, con sólo algunos mechones canosos y descuidados sobre las orejas sucias. No tenía ninguna prenda que cubriese su torso, era panzón y su pecho tenía manchas de pelo blanco que asemejaban islotes. Su única prenda era un pantalón de una tela que supongo marrón, muy vieja y muy sucia, con las rodillas rotas, las botamangas desflecadas y una más larga que la otra, sin botones en la bragueta y sostenido en la cintura por una soga atada al frente por un nudo común. Sus brazos no hubieran podido rodear su talle y eran flácidos, sus manos eran grandes aunque de dedos cortos y gruesos, con uñas negras y partidas, que llevaban años sin ser cortadas. Tenía barba y bigote ralos (algo así como alguien que no se afeita desde hace una semana); labios gruesos y pálidos, con lunares oscuros; nariz chata y roja, cejas muy pobladas y ojos grises y apagados que lo hacían muy viejo. 
Después me llegó su olor: una mezcla repulsiva de alcohol, transpiración y suciedad de un siglo sin bañarse. 
En la mano izquierda tenía una lata abollada de cerveza Löwenbräu, celeste y con su leoncito rampante blanco sobre fondo azul, vacía. 
Emitía unos chillidos apagados y continuos que se parecían más a un silbido inconexo que a un lenguaje y me apuntaba, insistentemente, con la lata de cerveza, extendiendo y contrayendo su brazo en un movimiento que primero me pareció provocador, pero luego entendí: 
―¿Querés otra? —le dije, y me respondió con lo único que en esa y todas las veces que nos vimos después se pareció a un fonema con significado emitido por él de manera conciente, y que yo entendí como un «si»: Un estruendoso, grave y prolongado eructo. 
Dándose por comprendido, desapareció entre los árboles en un segundo. En un instante estaba allí, al siguiente no estaba más; y solo se agitaron dos o tres hojas de un helecho detrás del cual se fue volando. 
Desanduve el camino hasta la proveeduría del Rancho Grande donde compré dos latas de Heineken, la última Löwenbräu que quedaba y un porrón de Budweiser. Volví a la cascada, pero no lo encontré. Dejé las cervezas ocultas debajo de una mata de frutillas silvestres, en la suposición de que estaba observándome, y para evitar que las viese algún transeúnte durante el día. Volví a nuestra carpa, y no dije nada. 
A la mañana siguiente, emprendí otra vez el camino a la Cascada, llevando otra provisión, por las dudas. En la mata de frutillas encontré las latas vacías, pero la botella intacta. Bajé los últimos metros hasta la olla que formaba la cascada, y allí lo vi, acostado boca arriba sobre una piedra seca, las alas extendidas y las manos cruzadas sobre el estómago. Me acerqué despacio y escuché nuevamente su chillido apagado, que esta vez era su ronquido. Quizá algún ruido o tal vez algún sexto sentido lo despertó y se incorporó asustado. Primero me reconoció, y luego vio las latas que llevaba. Se acostó nuevamente y otra vez cerró sus ojos. Parecía estar en paz. 
—¿Estás bien? —le pregunté. Un breve eructo, conciso, fue su «si». Luego se quedó en silencio. 
—Día fresco ¿no? —insistí, tratando de iniciar algún tipo de charla. Nuevo eructo de su parte. En las horas siguientes, le pregunté su nombre, de dónde era, cómo había llegado hasta allí y un sinfín de interrogantes. Nunca pude enterarme de nada; y no es porque no me respondiese, si no porque nunca pude entenderle. Hasta traté de hacer las preguntas de manera tal que pudiese responderme con su «si», pero no avanzamos mucho. Doy un ejemplo: le preguntaba «¿naciste en un bosque?», con la idea de que se quedase callado (un «no») o eructase (un «si»), pero parece que cuestiones de ese tipo removían algún viejo recuerdo, y comenzaba a chillar y volar agitadamente de izquierda a derecha y de arriba abajo. Al cabo de los días, dejé de interesarme por tales cuestiones, le llevaba su cerveza y nos quedábamos sentados quietos, cada uno sumido en sus pensamientos durante una hora o dos. Algunas veces por un excursionista que llegaba o bien por considerar que el tiempo «de visita» estaba cumplido, levantaba vuelo y se esfumaba tras aquel fresno, la rosa mosqueta o las piedras del costado del camino. 
La bebida quedaba siempre bajo la mata de frutillas, y entendí que no le gustaba beber de botellas. Creí, falsamente, que no podría abrirlas por lo cual alguna vez las destapé yo, y las cerré suavemente para que no escapase el gas, pero ni así. 
¿Quién era? Nunca lo supe. ¿Porqué hombre? Tampoco. Supongo que las hadas, aún siendo personajes de fábulas y cuentos que viven muchos años, deben reproducirse de alguna manera y no me parece extraño que lo hagan de la manera tradicional. ¿Porqué su aspecto y su afición a la cerveza? Con los años elaboré una teoría. 
Creo que es posible que Fritz fuera una víctima más de la Segunda Guerra, que fuese separado de su familia, que ellos estén ahora muertos y que su bosque haya desaparecido. Creo probable que en los últimos días, a punto de caer Alemania, los aliados o los rusos bombardearan sus árboles y él haya logrado escapar hasta llegar a la ciudad, esconderse, muerto de miedo con tanto ruido a muerte, en las cajas o maletas de algún soldado nazi que preparó más escrupulosamente su huída hacia estas tierras. Entonces, Fritz resultaría un polizón involuntario que, una vez arribado a las sierras de Córdoba (que, se sabe, nunca fueron invadidas por hadas), se habría encontrado solo, incapaz de entender dónde estaba y de hablar ni siquiera un poquito de alemán o español, condenado a vivir en un bosque extraño que fue primero de molles, sauces y espinillos y luego se fue poblando de abetos, pinos, robles, nogales y castaños; escapando de cuises y zorrinos, protegiéndose de la nieve en alguna vizcachera, y salvándose con su vuelo del ataque de los pumas. 
Lo imaginé lleno de melancolía por un hogar y una familia desaparecidos bajo el horror de las bombas. Traté de entender la soledad y el miedo que luego se transformó en tedio y más tarde en hastío. Las noches largas de frio del invierno deben haber completado el proceso, llevándolo a la bebida. 
De manera inocente, lo consideré mi secreto y no lo comenté con nadie. Pero cierta vez, el viejo Hans, desde su eterna mesa del Bar Suizo, me vio pasar camino a la Cascada con mi cargamento de cervezas. Se sonrió y me guiño un ojo. No sé si todos estaban complotados o solo algunos conocían a Fritz. Nunca, en tantos años, nadie en el pueblo me dio otra señal y a veces pienso que el viejo Hans se dirigió a alguien que en ese momento puede haber pasado detrás de mí. 
Ese verano nos vimos con Fritz todos los días. Al siguiente, lo vi cuando faltaban cuatro días para irme. Creo que recién entonces me reconoció y permitió que me le acercase. El siguiente año lo vi a diario, pero apareció una señal nueva y alarmante: un carraspeo esporádico que una o dos veces se transformo en tos. Me fui sin despedirme de él, cuando papá vino a buscarme porque la abuela estaba enferma. Nunca más lo vi. 
Las vacaciones próximas ya no lo encontré. Le llevé cerveza durante tres o cuatro días, pero las latas aparecieron intactas. Busqué señales en las rocas o en los troncos, pero no vi nada. Nunca me animé a preguntarle por él a nadie del pueblo, temeroso de romper algún hechizo milenario. Sin embargo, estoy escribiendo esto para acallar algún viejo fantasma de culpa por imaginarlo solo en los bosques que rodean a la cascada, pero tengo la secreta certeza de que ahora voy a romper este papel y quemarlo, antes de que lleguen mis hijos de la escuela.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Ocho minutos - Claudia Cortalezzi

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—¡Julio! —oyó Julio desde el baño—. ¡Vení a ver, rápido!
—¿Qué pasa, Celina?
—Dale, apurate.
—¿Qué es tanto grito?
Julio entró en el comedor, vio a su hermana de espaldas. Se preguntó cómo había hecho para maniobrar la silla de ruedas entre los muebles y quedar tan cerca del televisor. Los platos sucios, apoyados en el regazo de Celina, no se movían, pero ella no paraba de agitar los brazos.
—Estás en la tele, Julio. ¡Mirá!
Julio se fijó entonces en la pantalla.
Sí, en la tele. Su cara, ancha y deforme, ocupaba la mitad superior de la imagen: las arrugas de alrededor de sus ojos, que se habían ido profundizando desde el gran cambio a esta parte, se veían aún más oscuras que en el espejo.
—¿Viste, Julio? La gente está loca: ese tipo dice que das clases de danza en el instituto de disciplinas modificadoras. Modificadoras de qué, quisiera saber. ¡Qué ocurrencia!
—Es que yo… Mirá, Celi, vos no entendés. Yo…
—Estúpidos, pensar que mi hermano, un servidor de la humanidad, limpieza y salud, es un bailarín, por favor.
—Celi…
—¡No lo puedo creer, Julio! Si mamá hubiese visto esto…
Mamá, pensó él. El único recuerdo que tenía de su mamá estaba en las fotos que Celina guardaba bajo la cama.
Desde el cambió de régimen gubernamental, cuando se sometió a los estudios médicos para el reempadronamiento, Julio había empezado a olvidar algunas cosas. Con el tiempo únicamente retenía los hechos recientes. Y de la época anterior, sólo le quedaba Celina. Celina y los recuerdos de Celina. Sin ella, él sabría de sí mismo lo que le mostraban los objetos: su documento y un certificado de trabajo con su nombre, acreditándolo como profesor de danzas moderadoras del ánimo.
—Tendrías que quejarte, Julio —seguía Celina—. Yo que vos me presento en el canal de las noticias y digo que ese “bailarín” no soy yo. Exhibirles en la cara tu recibo de sueldo de recolector de residuos.
Julio se quedó mirándola en silencio. ¿Y si su hermana era la única persona que vivía fuera del sistema? Nunca sabría él si al esconderla le había hecho un bien o un mal. Tal vez hubiera sido mejor que los funcionarios la hubiesen “borrado” como hicieron con todos los discapacitados. Pero él había actuado con egoísmo, pensando en no quedarse solo, y la había protegido. Ahora era su responsabilidad. Y si algo le sucedía a él, ella moriría de hambre, si tenía la firmeza de mantenerse adentro y no salía a la calle para que la capturasen.
Volvió la vista hacia la pantalla. Ahora se detuvo en la parte inferior:

Recordamos a los señores pobladores que la salinidad el planeta ha llegado a su punto máximo. El uso de cualquier sustancia que contenga sodio o potasio —por pequeña que sea— podrá desencadenar el tan temido caos ecológico.
hemos entrado en estado crítico
hemos entrado en estado crítico
Necesitamos de su ayuda para preservar el planeta.
hemos entrado en estado crítico

—Hombre —Celina lo agarró del brazo y lo sacudió—, ¿seguís acá? Ya sé, a cualquiera lo emocionaría verse en la tele, aunque no seas vos. Bueno, el tipo se te parece bastante.
—¿Ves el cartel en la parte de abajo de la pantalla, Celi? —Julio necesitaba probar a su hermana, convencerse a sí mismo que permanecía ajena al sistema.
—¿Qué cartel?
—Nada —dijo él. Y se agachó a besarla en la frente—. No importa. Te quiero mucho.
—Yo también, tonto. Más ahora que estás en la tele —y largó una carcajada.
Julio corrió a la ventana y miró hacia la calle. Nadie la había oído.
—Llevá los platos a la cocina, Celi, por favor.
En el televisor las noticias pasaron a otro tema, ya no hablaban de los bailarines habilitados. Julio vio a su hermana enfilar la silla hacia a la cocina.
en estado crítico, se repitió. Ya había oído él, esa misma mañana, la propaganda gubernamental. La había oído como siempre, sin prestarle atención. Los parlantes callejeros parecían aumentar el volumen a medida que pasaban los meses, y ya nadie se detenía a escucharlos. Pero las palabras se les grababan en la memoria.
Seis años atrás habían empezado aquellos comunicados, y nunca se detendrían. Día tras día advertían a la población que el exceso de salinidad bla bla bla. Pero hacía unas semanas, Julio no podía recordar desde cuándo, los comunicados insinuaban que una sola gota más de sal tendría consecuencias irreparables. Exageraban. Querían impresionarnos.
Observó a Celina: su cuerpo achicado, la silla le quedaba grande. La vio acomodar los platos, cubiertos y vasos en el lavavajillas. A pesar de su deterioro, ella no perdía la fuerza de los brazos. Parecía que toda la vitalidad que le faltaba en las piernas había pasado a los brazos. Ella se levantaba y se acostaba sin ayuda, iba al baño sola, hasta se bañaba sola.
Pobre Celi, se dijo, siempre encerrada. Si pudiera ayudarla… Se le ocurrió que tal vez podría hacer algo: ir introduciéndola de a poco en el mundo moderno.
—¿Sabés —dijo—, las dulcificadoras de agua ya ocupan hasta el último centímetro en todas las playas del planeta?
—No entiendo, ¿de qué hablás?
—Prestá atención, Celi. Lo que voy a decirte es muy importante. Los barcos de las dulcificadoras navegan sin descanso, ¿sabés? Millones de ellos recogen la sal de los océanos. Sal que luego envían a una estación espacial. Y de ahí va a otra galaxia.
—Julio, ¿vos te sentís bien?
—¿Acaso no te das cuenta, Celina? ¿Cuánto hace que cocinás sin sal?
—Es que vos no la comprás. Yo te anoto en el pedido y vos siempre te olvidás, Julio.
—Más de la mitad de la humanidad trabajaba ahora en “mantener soso el planeta”. Enterate.
—¡Basta, por favor! No sé lo qué querés decir. Me das miedo. Basta.
Unos minutos después, ella volvió a la mesa trayendo en el regazo una bandeja con dos pocillos y una azucarera.
Bebieron el café sin mirarse.
—Voy a salir —dijo él.
—Que no se te haga tarde para el trabajo. Mirá que el camión recolector pasa a buscarte a las…
Julio pensó que tal vez fuera mejor dejarla vivir en la ignorancia.
Hacía frío. Andaba poca gente por la calle. Una ráfaga lo despeinó. Él se cubrió los ojos con la palma de la mano hasta que logró ponerse a resguardo. El gobierno recomendaba a los pobladores no exponerse al viento.
Cuando la corriente amainó un poco, Julio retomó su camino. Se detuvo ante un cartel: Terapia obligatoria de la risa, leyó
Volvió a pensar en su hermana. ¿Y si ella tenía razón y él había sido antes un recolector de residuos? Por qué no. ¿Y si, así como él había cambiado de oficio, todo el mundo trabajaba ahora en algo que jamás hubiese imaginado?
Hoy estoy pensando estupideces, se dijo. Debía ser el cansancio, algunos días se cansaba mucho. La terapia obligatoria de la risa lo cansaba, lo aburría.
Subió los dos escalones que lo separaban de la puerta. Golpeó suavemente. Cuando oyó la chicharra, entró.
Cinco personas, ya ubicadas en la sala de espera, miraban atentamente el reloj digital de pared encima de la puerta del reidero, junto al indicador de períodos de terapia: los números verdes los señalaban la actividad; los rojos, los intervalos.
Había ahí un gordo, muy gordo. Julio se preguntó cómo había pasado por la puerta de entrada. También le llamó la atención una vieja centenaria; no creía haber visto nunca a una persona tan arrugada. Aunque, pensó, no debo confiar en mis recuerdos.
El reloj indicaba que faltaban dos minutos para que el grupo anterior saliera. Después entrarían ellos. Tendrían ahí sus ocho minutos diarios de risa. Más tarde se iría cada uno por su lado, a sus respectivos trabajos, y tal vez jamás volverían a cruzarse.
—Dos minutos —dijo la vieja. Parecía ansiosa, como si fuese su primera vez. O la última—. Para mí que esto es puro verso —siguió—. Para mí que dicen lo de la sal para atemorizarnos. Habría que desafiarlos, salir a la calle un día de viento y mantener los ojos abiertos hasta que las lágrimas empiecen a salir. Total, quién puede culparnos. Habría que culpar al viento en todo caso.
—Yo no probaría —dijo el gordo—. Por las dudas.
El recepcionista les hizo un ademán para que se callaran.
Sonó la chicharra de la puerta de calle. Enseguida entró una chica menuda, de pelo lacio y castaño hasta la mitad de la espalda. Llevaba un tapado entallado de color rojo y zapatos negros de taco fino. Impecable.
¡Qué linda es!, pensó Julio. Si entramos juntos al reidero, a lo mejor podría…
Pero el cupo se había completado con él. La chica entraría en el siguiente turno.
Volvió a mirarla, tratando de que los demás no lo advirtieran.
Era más linda de lo que pensaba. Me gustaría invitarla a tomar un café, se dijo.
Justo en ese momento sonó la señal: un timbre agudo que nacía en el indicador de períodos.
El grupo que había entrado a reírse ocho minutos atrás, salió.
—¿Por qué? —oyó Julio que decía la chica, mientras esperaban a que el personal de orden dejase las instalaciones limpias para ellos—. ¿Por qué son sólo ocho minutos? ¿Por qué ocho y no diez, o cinco?
El gordo avanzaba arrastrando los pies hacia la puerta del reidero, pero se detuvo y, sosteniéndose contra una columna, dijo:
—Porque la risa siempre termina en llanto, señorita. Expertos en risa realizaron un profundo estudio, convocaron especialmente a millones de personas. Dicen que a los nueve minutos, la mayoría de los humanos, deja de reírse y empieza a llorar. Por eso la terapia dura ocho minutos, para dejar un margen.
—Un margen —repitió ella.
Julio esperaba que dijera algo más, era tan suave su voz.
Pero ya se separaban, él se encaminaba a una de las cabinas del reidero.
Se ubicó en el asiento, ajustó el cinturón de seguridad y se calzó el casco.
Las imágenes empezaron a sucederse y él se rió tanto que le dolió la boca del estómago.
Pero, al sacarse el casco, notó que algo distinto había sucedido ahí adentro, como si el monstruo de su propia risa hubiese succionado una parte importante de su vida. O como si ya viniera haciéndolo y recién ahora se le manifestaba el resultado.
Debía ver a la chica. Debía aprovechar el poco tiempo que quedaba entre un turno de terapia y otro.
Salió de su cabina sin mirar a nadie, tropezó con la vieja que caminaba a paso de tortuga. Y logró acercarse a la chica.
—Soy Julio —se presentó—. Ex recolector de residuos. Actualmente trabajo como profesor de danzas moderadoras.
La chica lo miró.
Julio notó que el recepcionista había clavado los ojos en ellos. Esperaba que ella le preguntase dónde dictaba las clases de danza que, si bien no eran obligatorias como las de la risa, se sugería a la población que tomase al menos una o dos por semana, para suavizar el carácter y, una vez con sus familias, socializarse con alegría. Pero, por qué le había dicho lo de ex recolector: ella tendría una mala imagen de él, como de un idiota. Sí, un idiota.
El recepcionista se le acercó, amenazante. La chicharra de la puerta lo obligó a retornar a su sitio, detrás del escritorio.
Entraron otras dos personas a la sala de espera.
Voy a memorizar sus gestos, se dijo Julio, como para pensar en otra cosa.
Después de todo, tenía ahí una buena oportunidad de observar las caras de los otros. Podría averiguar si ocho minutos de intensa risa modificaban algo o no.
El timbre del indicador de períodos soltó un nuevo chirrido  y todos se levantaron de sus asientos. Julio siguió con la mirada a la chica de rojo hasta una de las cabinas. La puerta se cerró.
No importa, pensó, la veré a la salida. Y mucho más simpática, seguro. Después de un buen taller de risa, hasta el más serio cambiaba de humor, lo decía la propaganda callejera. Y debía de ser cierto: cuántas veces él se había despertado angustiado, triste, hasta con ganas de llorar. Pero con ocho minutos de risa, todo se dulcificaba. Para eso se habían creado las clínicas de la risa —nadie podía reírse afuera, ni en la calle ni en sus casas—, sólo en los locales habilitados, controlados por un coordinador experto. Sólo ocho minutos.
Ahora le volvía la angustia.
Intentó comentárselo al recepcionista.
—Todo lo contrario, señor…
—Julio.
—Señor Julio, ustedes… —el recepcionista buscó una hoja en su cuaderno y leyó—: “Ustedes adquieren vida a causa de la risa.”
Una vez en la calle, Julio volvió a pensar en chica de rojo.
La esperó.
La gente empezó a salir. Él quiso concentrarse en los gestos pero no pudo. Necesitaba ubicar a la chica.
Notó que todos se movían con prisa. Con una urgencia extrema, pensó. Como en las películas mudas de Chaplin. ¿De dónde le venía aquel recuerdo?
Una mujer vestida de rojo —él creyó que era ella— se llevó la mano a la garganta, como si le faltase el aire.
Segundos después, los “alumnos” de la risa, se disipaban apresuradamente. Huían de ahí sin notar la presencia de los demás.
Pero la chica no aparecía.
Entonces, él empezó a caminar, despacio, hacia su clase de danzas.
Un grupo de mujeres se había juntado en la esquina. Julio se detuvo a pocos metros, donde no pudieran verlo.
Oyó que susurraban. Se asomó un poco, todas cargaban con una caja. Él conocía aquellas cajas: cajas chisteras de magos. Las había visto en la tele. El gobierno las repartía para que las viudas se las llevasen a los muertos.
Una de las mujeres se veía muy nerviosa. Julio se acomodó para verle mejor la cara: la pobre no aguantaba la risa.
—Vamos —dijo otra—, antes de que cierren el cementerio.
El viento había calmado, pero hacía mucho frío. Julio se sintió aún más cansado que antes. Y aquella angustia de cuando salió del reidero, no disminuía. La terapia de la risa le había dejado una sensación horrible.
Pensó en la chica de rojo, se le ocurrió que estaba tan sola como él.
Mañana voy a volver a la terapia a la misma hora, decidió. Sabía que sería inútil: al día siguiente, ella haría su rutina en otro horario, y él también.
Los cambios de rutinas, una buena forma que habían encontrado los dirigentes para evitar relaciones entre desconocidos. “Si no desarrollan relaciones ocasionales, las personas mantienen sus emociones controladas”, decían. Y, desde que la población era controlada hombre a hombre, los que no tenían pareja, se casaban con primos, tíos, hasta entre hermanos. Eso sí estaba permitido. Pocos se arriesgaban a acercarse a un extraño en los talleres o en la calle. Sólo los audaces, los que no temían al escuadrón armado.
Julio necesitaba conocer a alguien, probar como era él en una relación de pareja. Porque vivir con su hermana no estaba mal, pero él necesitaba otras cosas. Cómo le gustaría compartir su cariño por Celina con alguien más. Y tener hijos, darle a Celina la alegría de ser tía.
Celina viviría encerrada en el departamento para siempre. Para siempre. Él era el responsable de su encierro. ¿Por qué la había dejado así? Pero si yo no podía hacer otra cosa, se justificó. Si la hubiese acercado al programa de reempadronamiento, la habrían… Le ardieron los ojos. No. Dios mío, no, pensó. No debía llorar, las lágrimas contienen sodio y potasio.
Hizo una mueca de risa, que ocultó tras la solapa del saco.
Miró a su alrededor. Se dio cuenta de que no había caminado más de media cuadra desde el reidero. Giró sobre los talones, como en un paso de baile, abriendo los brazos para mantener el equilibrio, y… la vio.
La chica de rojo lo seguía.
Caminaron a la par, sin mirarse. Tampoco hablaron, los parlantes callejeros contenían micrófonos, todo el mundo lo sabía. Otra buena forma de evitar que la gente se relacionase en la calle. Pero ellos no necesitaban de las palabras.
Julio sacó del bolsillo un pequeño anotador con un lápiz colgando del espiral plástico. Campana 1054, Planta Baja G, el departamento que da a la calle, escribió. Apartó la hoja para arrancarla, pero temió que los sensores auditivos tomasen el rasguido del papel. Le entregó a ella el anotador.
Se separaron.


—Julia —dijo ella —. Me llamo Julia.
Julio no terminaba de creerlo: ella, en su departamento. Además, se llamaba igual que él. Increíble.
Julia se sacó el tapado rojo, lo apoyó en el brazo del sillón y se sentó.
—Mi hermana duerme —se apuró a decir él, dispuesto a contarle todo a Julia.
Pero ella asintió, y él pensó que tal vez era mejor no hablar se Celina.
Quería decirle algo más a Julia. Algo divertido. Que ella se hubiese expuesto para verlo lo alegraba, sí. Pero tenía un nudo en la garganta.
Julia parecía darse cuenta. O sería que sentía lo mismo que él. De golpe la vio fruncir los labios, los ojos se le volvían brillosos.
—No vayas a llorar —le dijo.
Se acercaron y se abrazaron y se besaron en silencio. La vio taparse la cara sonriente con la mano, desparramar el maquillaje.
Así, era aún más hermosa.
Volvieron a abrazarse, con familiaridad ahora. La cabeza de ella sobre su pecho, tan liviana.
Julio volvió a advertir ardor en los lagrimales. Y un hilo tibio recorrió el contorno inferior de sus ojos, bajó por los suecos de las arrugas y se perdió en su cuello.
Un estruendo: el escuadrón armado, irrumpiendo desde la calle, acababa de franquear la puerta de su departamento.
Julia manoteó el tapado rojo y logró ponérselo. Él no pudo desplazarse ni un milímetro de donde estaba: media docena de fusiles apuntaban a su cabeza.
De golpe los uniformados se separaron de él y, dividiéndose en dos filas, formaron un pasillo hasta la abertura de la puerta.
El jefe del escuadrón —por la cantidad de condecoraciones, Julio no tuvo dudas—, marchó a paso firme hacia él.
—¡No lágrimas! —le ordenó, rozándole la cara con una espada o sable.
A Julio le dolieron las mejillas, las mandíbulas.
Vio que los uniformados se iban de su casa, llevándose por la fuerza a una mujer de tapado rojo.
¡Cómo le dolían las mejillas!                                                                 
Necesitaba verse, curarse.
Lentamente se levantó del sillón y fue al baño. El espejo le mostró una mueca de labios estirados. Tan expuestos quedaban sus dientes: feos y amarillentos. Debía cubrirlos. Se llevó la mano a la comisura del labio. Le costó agarrar el músculo, parecía replegado, como si los tendones se hubiesen contraído. Era una mueca de risa, no había dudas. Pero su cara no parecía alegre.
—¡Julio! —oyó desde el baño. Era Celina—. Dejaste la puerta de calle abierta, Julio. Tenés que ser más cuidadoso. ¡Mirá, el viento mi hizo llorar!
¿Llorar?
Corrió junto a su hermana. Pasó las yemas de los dedos por la cara de ella. Y después, haciendo un gran esfuerzo, logró sacar la lengua por entre la sonrisa dolorosa, y se lamió el dedo. Sal. El gusto de la sal, tan sabroso…
Se lo dio a probar a Celina. En cualquier momento llegaría el escuadrón.
Esperó.
Nada.
No pueden detectar sus lágrimas, concluyó al cabo de un rato, porque ella no figura en los padrones.
Se sentó en la falda muerta de su hermana y se abrazaron con fuerza, y ella lloró como una nena chiquita y siguió llorando hasta quedarse dormida.
Julio no se movió por no despertarla.

El sol de la mañana le daba de lleno en la cara. Julio se incorporó despacio.
—Voy a hacer el desayuno —le dijo Celina.
Él fue a prepararse. En un par de horas debía marcar tarjeta en el instituto de danzas modificadoras.
A la vuelta, le diría a Celina que le mostrase fotos de la familia



Acerca de la autora:

"Ocho minutos" fue publicado en la revista Próxina nº 12.

martes, 24 de julio de 2012

La noche mil dos y las siguientes - Daniel Frini



En una hipotética escala de promiscuidad: ¿Quién tendría un puntaje más alto? ¿Blancanieves y su historia con los siete enanos o Alí Babá y la suya con los cuarenta ladrones?

Preguntas y Proverbios Intrascendentes
Babá-Abdalah, siglo XVI

Antecedentes

Y tras terminar, en las postrimerías de la noche unmilésima, la historia del príncipe Jazmín y de la princesa Almendra, Schehrazade añadió:
—Y ésta es ¡oh rey afortunado! la tierna historia de Jazmín y Almendra; y la he contado tal como llegó a mí ¡Pero Alah es más sabio y magnánimo!—, y dicho esto, calló.
Entonces, el rey Schahriar exclamó:
―¡Oh Schehrazade! ¡Cuán espléndida ha sido esta historia! ¡Qué admirable fue! En las mil noches que pasaron y en ésta que termina, me has instruido ¡oh docta y discreta princesa! y me has hecho ver los acontecimientos que les sucedieron a otros hijos del Altísimo, y considerar atentamente las palabras de los reyes y de los pueblos pasados y las cosas maravillosas y dignas de reflexión que les ocurrieron. Y he aquí que, en verdad, me encuentro con mi alma profundamente cambiada, alegre y embebida del gozo de vivir. Así, pues, ¡oh, bendita hija de mi visir! ¡La gloria sea con el que te ha concedido tantos dones selectos, ha perfumado tu boca, ha puesto la elocuencia en tu lengua y la inteligencia detrás de tu frente!
Y agregó, con una sonrisa infantil en su rostro:
― Cuéntame otra.
Schehrazade abrió bien grandes sus ojos y tembló.
—Pe…pero… ―balbuceó —. Creí que… Usted dijo… Yo pensé…
―¡Oh dulce hija de Aquel que todo lo conoce! ¡Compláceme con otro de tus estupendos relatos!
—Han pasado mil y una noches, mi señor, y yo…
―Dale, sé buena, dale. Contame otra.
—No debería ser así… Yo …
―¡Otra, otra, otra! —cantó el sultán, batiendo palmas como si fuese un niño.
—Pero, mi rey, es que…
―¡Otra historia o te mando decapitar! ―grito, ahora furioso.
Y fue así que la princesa Schehrazade se resignó a complacer a su rey.
Había leído los libros, los anales y las leyendas de los gobernantes de edades remotas y las historias de los pueblos pasados. Poseía innumerables crónicas sobre ellos y sus poetas; pero en su penar de las mil y una noches anteriores habíasele acabado todo su saber sobre los pueblos de los muslemini, devotos de Alah, el Altísimo y el Omnipotente (¡Todo el poder y la fuerza estén en Él!) y no conocía otras historias entre los habitantes de los reinos desde el Egipto a la India y el Sipán, para relatar al Gran Sultán Schahriar.
Sin embargo, en un momento de iluminación al que consideró como una gracia de Alah (¡Nadie conoce lo desconocido, más que el Altísimo!), recordó las fantásticas historias que le refiriera el esclavo Alaric von  Budziszyn, cuyos cabellos remedaban al sol y cuya piel, clara y transparente sonrojaba los rostros aceitunados de las hijas del Altísimo (¡Que Su seno nos cobije a todos!), nacido en el país de los rumán; y que su padre, el Gran Visir, trajera de la guerra cuando ella salía apenas de su niñez. Se repitió a sí misma las palabras del poeta
«¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida»
Y comenzó a referir una de aquellas historias:
―He llegado a saber ¡oh rey afortunado! por la voz del esclavo Alaric, el hermoso (¡Extraños son los caminos de Alah que manifestó toda su gracia en un enemigo de sus hijos!) que había en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus …
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil dos

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric , el de los cabellos como el oro (¡Sus ojos fueron sables de color de gemas; y, bajo sus párpados, tuvieron miradas llenas de magia!) que había ¡oh rey! en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, en un reino de los rus olvidado por Alah (¡El único y verdadero Soberano del Cielo!), una niña cuyo padre había enviudado y casado nuevamente con una mujer ambiciosa (¡Curiosas costumbres las de los hombres infieles que, cobardemente, cohabitan con una sola mujer a la vez!). La madrastra maltrataba a esta niña y la obligaba a hacer las tareas más humillantes.
La niña creció hasta su juventud y hubo un día entre los días en que el rey invitó a sus súbditos más amados a un baile en el palacio, y a la familia de la joven entre ellos. Pero la madrastra le ordenó quedarse en la casa haciendo limpiezas. Ella, desconsolada por semejante afrenta, invocó la ayuda de su gení madrina, que usando artes de hechicería la vistió con telas lujosas, entretejidas con oro de Grecia; la peinó con perfumes, maquilló con cremas y ungió con aceites. Hizo de una gran hortaliza un estupendo carruaje y de inmundos ratones imponentes corceles y pajes, con los que la joven asistiría al baile. Sin embargo, la gení advirtió: «Debido a lo exiguo del estipendio acordado, a la medianoche, hora local, deberás marcharte porque todo encantamiento expirará, y volverás a tus vestidos raídos, tus crenchas desgreñadas y tu habitual olor a desagüe de aguas servidas».
Tan hermosa estaba la joven, que sólo este hecho le permitió sortear la guardia del palacio, por que no figuraba en la lista de invitados. Una vez en la fiesta, la noche avanzó y se hicieron las diez, las once, llegaron las doce, luego la una, las dos y fue aún más tarde. A las seis de la mañana, la pareja real y todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos —apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso―; el príncipe estaba sentado en el trono, una pierna colgando del apoyabrazos, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada alrededor de su cabeza, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del baile: llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.
Cenicienta, que así llamaba a la joven, seguía bailando descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y la gení madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, hora local, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.
El Gran Sultán levantó ambas manos como para aplaudir, pero detuvo el gesto con indecisión. Abrió y cerró su boca dos veces antes de decir:
—No entendí.
—¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encendido! La historia que os conté trata acerca de…
―¿Conciencia social? ¿sindicatos? ¿qué es eso?
—Bueno, en realidad…
―¡Palabras, palabras! —dijo el sultán, sospechando un mal ejemplo para sus gobernados en el relato escuchado. Y agregó:
―Otra.
—¿Otra que?
—Otra historia.
―¡¿Otra?!
―¡Si!
Schehrazade miró al cielo con una plegaria muda en los labios, y recordó la voz del poeta que cantó:
«¡Oh tu, que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de Aquel que ha formado la tierra?»
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, (¡cuyo torso trabajado era, a la vista de esta humilde servidora, un regalo de Alah, el Eterno) y que mi padre el Gran Visir sometiera en la guerra contra el infiel, que en un país bárbaro érase que se era …
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y discretamente interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil tres

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Loores y gloria al Dueño de lo Visible y de lo Invisible, al Único Viviente y al capaz de crear semejante criatura!) que ¡oh rey! érase que se era un pobre molinero quien tenía una hija muy bella. Bueno, ya os imagináis ¡Oh, califa generoso y bienhechor!, un padre al que le gustaba darse importancia ante sus superiores sin medir las consecuencias y que proclamó una sentencia que llegó a oídos del rey de la comarca: «¡Alah es grande y mi hija es capaz de convertir humilde paja en un finísimo hilo de oro!», este rey, codicioso, mandó a que la hija se presente ante él, la tomó prisionera y la encerró en una habitación repleta de paja y le dijo «Si hilás toda esta paja y la convertís en oro te hago mi esposa. Si no, te mato», la joven quedó sola y lloró a mares la desdicha de su destino (¡Solo Alah, el grande conoce el porvenir de sus siervos!); entonces apareció de la nada un enano malformado que se ofreció para hacer el trabajo, y le dijo a la joven «Si convierto en oro toda esta paja por ti ¿qué me darás a cambio?», la joven contestó «Nada poseo ¡oh generoso!», el enano le ordenó, mientras bailaba restregándose las manos, «Me darás tu primer hijo cuando seas reina…», y la muy turra retrucó «¡Ma qué hijo ni tres carajos! ¡si podés convertir pasto seco en oro, soy tuya, papito! Me voy con vos. Por mi, el rey se puede ir a traficar con churros al casino de Mónaco». El enano contrahecho Rumpelstikin; hoy, casi trescientos años después, está profundamente arrepentido. Ya no baila.
Schahriar quedó sentado pensativo en su trono
―Caramba —dijo ―¡Sea alabada la sabiduría del Sabio de los Sabios! ¿Existe un infiel que puede convertir paja en oro? Creo que deberé enviar a por él…
—No, ¡oh tú, que atiendes al oprimido que te implora! Es sólo un cuento que…
El sultán hizo un gesto, como espantando una idea y dijo:
―Otra historia.
—Mi Señor, creo que…
―Otra.
―¡Oh, Emir de los Creyentes! Apiádate de una servidora tuya…
―Otra.
Schehrazade suspiró, recordó al poeta que exclamó:
«¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!».
Y luego de algunos segundos dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric, cuyas piernas semejaban el trabajo del alfarero más devoto (¡La plegaria, la paz y las más escogidas bendiciones sean para el elegido por el Supremo Potentado!) que hubo un día entre los días en el que…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Y al llegar la noche mil cuatro

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Recuerdo sus labios como una colmena de miel, sus mejillas, como un parterre de rosas!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días en el que nació una profunda simpatía entre un soldadito de plomo, al que le faltaba una pierna, y una bella bailarinita de juguete. Cierta jornada sobrevino una tormenta, alguien dejó al soldadito en el alféizar de una ventana y éste cayó a la calle. Unos niños lo encontraron, lo subieron a un botecito de astrasa que navegó bajo la lluvia hasta que llegó al mar y se hundió; lo comió un pez al que luego pescaron y vendierona la cocinera de la familia del niño dueño de los juguetes (¡todo lo puede Aquel el que decide la Bienaventuranza de los hombres!). Esto pasó para que cuando el soldadito se reencontrara con la bailarina, ésta le dijera: «Milico de porquería. ¿Todo rotoso volvés? ¿Te creés que una va a estar esperado hasta que al señorito se le ocurra? Tomátelas, rengo gilún». El soldadito, umbrío por la pena, se arrojó al fuego. Hoy es plomada para pescar mojarritas.
¡Loado sea Alah, dueño del tiempo! ¡Qué historia más curiosa! ¿Mojarritas? ¿Qué es eso? —dijo el sultán
―Son unos peces pequeños que Alah (¡sólo Él puede discernir lo que es verdad y lo que no!) puso…
―Otra.
—¡Oh dueño de ejércitos y señor de un séquito numeroso! ¿Está seguro…?
―¡Otra historia!
Schehrazade bajó la vista al piso, recordó al poeta:
«Hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para hacer cuanto deseas!».
Y dijo:
—He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, por la voz del esclavo Alaric (¡Sus hazañas amatorias me han hecho alcanzar las cimas de la gloria!) que hubo un día entre los días en un reino cristiano…
En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazade, que interrumpió su narración.

Cuando llegó la noche mil cinco

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Al ver su encantadora grupa redondeada se la confundiría con el tallo de la caña clavada en un montículo de movible arena!) que hubo ¡oh rey! un día entre los días, en un bosque de un país cristiano, una niña que usaba una capa con una caperuza para protegerse de las inclemencias del tiempo, y que fue enviada por su madre a llevarle alimentos a su abuela.  Sin embargo, la madre no sabía de las inclinaciones políticas de su hija: a mitad de su camino la niña reunió a todos los habitantes del bosque y les dijo a viva voz, mientras les ofrecía el contenido de su canasta: «¡Basta de clases sociales, camaradas! ¡Debemos bregar por la emancipación de todos los trabajadores de esta foresta! ¡La dictadura del proletariado hará cesar esta explotación vergonzosa en forma de historia para dormir a niños con el opio burgués de un cuento simplón! ¡El imperialismo capitalista no sabe del torrente revolucionario que corre bajo estos pinos!». Su abuela, más curtida por los años vividos bajo el régimen del tirano Lobo, sonreía a los animales como tratando de atenuar los exabruptos comunistas de su nieta, a la que todos en el bosque de Böhmerwald llamaban «La Roja».
―¿Dictadura del proletariado? ¿Imperialismo capitalista? ¡Por las barbas del profeta (¡No hay más Dios que Alah, y Mahomed es su enviado!) ¿Qué son esas cosas? ¿Cuentos para infantes?
―No ¡oh luz de los fieles!, algunas teorías sociológicas derivaron en…
—Otra.
La princesa quiso expresar su queja; pero, temerosa, se contuvo, recordó la amenaza que pendía sobre su cabeza y la declamación del poeta:  
«¡Oh tu que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por aflicción a los hombres!»
Y dijo:
—Cuéntase ¡oh rey afortunado! (¡pero Alah es más Sabio, más Prudente más Poderoso y más Benéfico!) en las tierras donde nació el esclavo Alaric, el de hermosos cabellos como la arena del desierto (¡La luna de verano en medio de una noche de invierno no es más hermosa que él!), que ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad…
En este momento de su narración, Schehrazade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Y al llegar la noche mil seis

La princesa relató:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Él atraía todas las miradas de mis núbiles amigas!) que ¡oh rey afortunado, dotado de ideas justas y rectas! ocurrió en la antigüedad del tiempo y en el pasado de la edad, en las tierras de un soberano del norte; que dos hermanos, un muchacho y una jovencita, vivían con su pobre padre leñador y su cruel madrastra, muy cerca de un espeso bosque. Alah conoce (¡Él es Omnisciente y Sabio, noble sultán!) el engendro del infierno que son las madrastras, sobre las que hablaremos una noche de éstas; y los doctores de la ciencia nos deben un estudio concienzudo que explique su maldad innata. Hansel, el joven, fue convencido por su hermana para ir al bosque, dejando a sus amiguitos que lo habían invitado a jugar a la pelota, A sabiendas de que su hermana quería jugarle una broma estúpida, llevó un mendrugo de pan, y fue dejando miguitas para encontrar después la salida del bosque. Éstas fueron comidas por las hormigas y ellos se perdieron en la espesura. Pasó mucho tiempo y él le dijo a la joven: «Mirá, Gretel, no me vengas ahora con que somos hermanos. Vos me trajiste al bosque hace como quince años. Y uno no es de fierro...». Ella corrió por entre sombríos pinos, perseguida por su hermano, y cuando éste estaba a punto de alcanzarla, se dieron de lleno con una casa hecha de dulces y mazapán en la que vivía una bruja que los raptó, los engordó y se los comió.
―¡La sabiduría del Más Grande nos ilustre! ¿Cómo que se los comió?
—Bueno ¡oh, dueño de ejércitos y señor de auxiliares, de servidores y de un séquito numeroso!, repito las palabras que me dijera Alaric, cuyos labios remedaban un amanecer y tenían la dulzura de los dátiles…
―Pero ¿así nomás? ¿sin cocinarlos?
―No conozco ¡oh hijo dilecto de Alah! De qué manera los comió…
—Otra.
Por tres veces Scherezade intentó hilvanar alguna excusa que la librase de contar una nueva historia, pero el Altísimo no puso en su inteligencia ningún argumento valedero. Entonces calló por unos segundos, pensó en el poeta cuando cantaba:
«¡Me has cubierto con los beneficios de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que contaba el esclavo Alaric (¡Fue un joven tan hermoso que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo!) que hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia…
En este momento de su narración, Schehrazade vio que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

Cuando llegó la noche mil siete

El Sultán Schahriar sentenció, enojado:
—¡Pues date prisa a empezar, princesa, porque siento que esta noche me invade el alma un gran fastidio! ¡Y no estoy seguro de conservarte la cabeza sobre los hombros hasta que llegue la mañana!
Scherezade tragó saliva, y con voz finita dijo:
—Contaba el esclavo Alaric (¡Cuya hermosura conmovió mi corazón y me sumió en el éxtasis!) que ¡oh rey clemente y misericordioso! hubo un día entre los días en la ciudad cristiana de Constantinia la Grande, un príncipe infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) cuyo nombre era Artemios y que, a la muerte de su padre, el rey Afridonios (¡Sea con él la furia del Justo!), convocó a todos los mejores sastres de su reino para hacerle un traje con motivo de su coronación.  Uno de ellos, con gran facundia y desparpajo, convenció al nuevo rey y a sus dignatarios para que se lo encargue.  El traje que él diseñaría, dijo, iba a ser tan especial que sería verdaderamente mágico. Pero agregó una advertencia importante: este traje no podría ser visto por los necios y solamente las personas inteligentes serían capaces de apreciarlo. Llegó el día de la gran fiesta y el rey apareció desnudo en público.  Nadie quería pasar por necio y todos le aplaudieron alabando su vestimenta, hasta que se oyó a un niño que dijo a viva voz «¡Pero si el rey va desnudo!». Esa fue la señal para que el pueblo todo comenzase a gritar «¡No lleva traje! ¡El rey fue engañado!». La policía montada reprimió a la multitud con gases. El niño fue detenido y purgó reclusión perpetua en las mazmorras de Constantinia la Grande.
―Artemios actuó con sabiduría ―dijo el sultán. Y agrego, sin solución de continuidad ―. Otra historia.
—¡Eh, no! ―dijo Scherezade con cierto fastidio, pero inmediatamente cambió su tono de voz —Te ruego ¡oh rey dichoso y bienaventurado! que me eximas…
―¡Otra! —dijo el rey Schahriar, chillando histérico.
La princesa bajó la mirada, sumisa; recordó al poeta que dijo:
«¡Mi corazón está destrozado, hecho trizas! ¡Rechazado en mi amor ¿podré vivir así mucho tiempo?»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric (¡Su lengua era suave y podía hacer llorar hasta las mismísimas estatuas del país que gobernó el gran Al-Iskandar, el de los Dos Cuernos!) solía contar que en tiempos de la historia…
En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

Y al llegar la noche mil ocho

La princesa relató:
—El esclavo Alaric (¡Su entrepierna empequeñecía el más alto de los minaretes de las mezquitas de Bagdag! ¡Cuánto lamentamos; mis hermanas, mis amigas y yo; que mi padre, el Gran Visir, lo hiciera eunuco para gracia de Alah después de no sé qué asunto en la alcoba de mi madre!) solía contar que en tiempos de la historia hubo una niña cuyos cabellos tenían el color del trigo maduro, que jugando en un bosque encontró una casa en la que vivía una familia de osos. Como éstos no estaban, la niña entró, tomó la leche que estaba en el tazón de papá oso, se sentó en la silla de mamá osa y luego se acostó en la cama del pequeño hijo, y allí se entregó al sueño. La familia regresó y entró a la casa. Papá Oso gritó muy fuerte: «¡Alguien ha probado mi leche!». Mamá Osa gruñó un poco menos fuerte: «¡Alguien ha tocado mi silla!». El Osito pequeño dijo llorando: «¡Alguien está durmiendo en mi cama!». Cuando Ricitos de Oro despertó, los tres osos todavía estaban allí. No sobrevivió al ataque. Un mechón de sus cabellos rubios, manchado de sangre, pasó a decorar el centro de mesa en el acogedor comedor de la hermosa casita de los Oso.
—Dos cosas —dijo el Sultán, levantando su mano derecha, con los dedos índice y mayor extendidos, y una expresión de furia apenas contenida en su rostro—: Una, (con su mano izquierda bajó el dedo índice de la derecha) ¡Por las barbas del profeta! tengo la absoluta certeza de que tanto ésta como las anteriores historias que me has contado no son versiones exactas, y quieres burlarte de mi. Y dos, (bajó el dedo medio, y sus celos le desdibujaron el semblante) ¡Alah es testigo! me tienen absolutamente cansado tus acotaciones acerca del esclavo infiel de tu padre ¡Haces otro comentario sobre él y te llegará la Separadora de amigos, la Destructora de palacios y Constructora de tumbas, la Inexorable, la Inevitable!
—¿La qué?
—¡Te mato!
Scherezade se quedó petrificada.
—Ahora continúa con tu relato —agregó Schahriar.
—Pero… —dijo la princesa con un hilo de voz —La historia de Ricitos de Oro terminó ¡oh sultán glorioso!
—Otra, entonces.
Ella suspiró, recordó al poeta que dijo:
«¡Ilusión! ¡No creas que, cuando el Destino te traicione, encontrarás amigos de corazón fiel en tu camino negro!»
Y dijo:
—Has de saber, ¡oh rey!, que el esclavo Alaric… —Se le vino al recuerdo el ímpetu y la resistencia que solía demostrar el europeo, antes de que el Gran Visir lo hiciera eunuco, y que tan grabados tenía ella en su mente; y estuvo a punto de agregar un comentario, pero calló a tiempo— …contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa…
En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la noche mil nueve

Ella dijo:
—El esclavo Alaric —(«¡Sus manos sí que sabían encontrar placeres dentro de mi joya!» agregó en voz baja, recordando la amenaza que el sultán le hiciera la noche anterior)— contaba que en la antigüedad del tiempo, en lo pasado de la edad y del momento nació una princesa en un país del norte, alegrando a sus padres que no tenían hijos y la esperaban desde hacía muchos años. Cuando la niña vivió los años necesarios, fue iniciada en los ritos infieles de los cristianos y su padre organizó una gran fiesta a la que invitó a todas las genís de la comarca; pero olvidóse de una que, por despecho, lanzó un conjuro contra la princesita: Cuando fuera núbil, se pincharía un dedo y se dormiría hasta que el Amor Duradero la despertase. Dicho y hecho. Cuando la princesa llegó a su juventud, la gení mala, disfrazada de vieja e hilando lana, se las ingenió para que la joven quedase sola con ella, con la intención de que se lastimase con el huso. Como la princesa jamás en su vida tocó una herramienta, a la gení no le quedó más opción que doparla con una porción de banj capaz de adormecer a treinta elefantes. Aurora Durmió cien años. Cuando el príncipe la despertó, había en palacio un quilombo impresionante de hijos, nietos, bisnietos y tataranietos. Además, la trataban como a un viejo estorbo. La princesa se retiró de nuevo a sus aposentos y se tomo medio frasco de valium. Durmió cien años más.
—Bien, bien —dijo el sultán. Y agregó —.Pero me parece que te lo inventas.
—¡Alah me libre de faltarte el respeto de esa forma, oh Príncipe de los Enviados y joya del Universo! Todo lo que te he contado…
—Hay algo que no me cierra. No das nombres de reyes ni de países, y todos los personajes son vagos y difusos.
—Te refiero ¡oh bendito del Retribuidor! Lo que oí de labios de Alaric, el esclavo, que…
—¡Te dije que no me nombres a ese infiel!
—¡Mi rey y señor! Faltaría a la verdad y me haría indigna de ser tu sierva si no nombro a quien me contase tales historias. Alaric, el esclavo de mi padre — y, en un descuido fatal, cegada por el recuerdo de los ojos claros y el cabello amarillo del esclavo eunuco, agregó: —¡Qué pedazo de macho era la bestia esa!.
La espada shamsir del sultán silbó, aguda, en el aire y cortó limpiamente la cabeza de Scherezade, que rodó varios arsh hasta que se detuvo, los ojos abiertos de asombro y la boca abriéndose y cerrándose, en un vano intento por aspirar aire una última vez.
Schahriar la miró apenas unos segundos, se giró sin decir nada y extrajo de entre los almohadones de su lecho el control remoto del televisor de cristal líquido de sesenta pulgadas. Demoró casi veinte minutos en hacer una vuelta de zapping por todos los canales, hasta volver al primero.
—Nada, como siempre —dijo contrariado. Luego, buscó el más visto, donde el mismo conductor de siempre —gritando hasta casi desgañitarse: «¡Buenas noches, Arabia!»— amenizaba un insulso concurso de baile, donde una pareja intentaba, más mal que bien, unas acrobacias en el caño que invitaban a la risa, mientras que el thawb y la ghutra de él y la abaya y el niqab de ella, que les cubrían, literalmente, de la cabeza a los pies le quitaban toda sensualidad al baile.
Malhumorado, Schahriar, apagó la televisión. Nada bueno por allí. Tomó el semanario «Censura» y lo hojeó despacio, sin prestarle atención. Nada interesante por aquí tampoco. No TV, no revistas y Scherezade fuera de combate. Las noches del desierto sumamente aburridas. Se arrellanó entre los cojines. Cruzó los brazos —primero el izquierdo sobre el derecho e inmediatamente después, cambio y puso el derecho sobre el izquierdo—, y bajó su barbilla hasta tocar su pecho. Bostezó. Vio una gota de sangre en su faldón de seda, tomó su hattah, lo humedeció con agua de un matara cercano y quitó la mancha fregándola de manera vigorosa. Prendió otra vez la televisión, pero inmediatamente la volvió a apagar. Volvió a cruzar los brazos, resopló y dijo:
—Ufa.


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